La Peste negra










Peste negra, epidemia de peste que devastó Europa a mediados del siglo XIV. Se conocían varias formas de peste en el mundo civilizado desde tiempos antiguos. Los historiadores griegos y romanos describieron brotes repentinos y mortales de una enfermedad epidémica en Constantinopla, en el siglo VI d.C. donde más de la mitad de la población pudo morir por esta razón. El brote denominado en la actualidad peste negra alcanzó Europa desde China en 1348 y se expandió a gran velocidad por la mayoría de los países. Sus resultados fueron desastrosos.
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FORMA DE TRANSMISIÓN
El bacilo de la peste afecta a ciertos roedores y a sus parásitos, en especial a la rata negra y a su pulga, Xenopsylla cheopis. Una rata enferma, portadora del bacilo, puede infectar a la pulga que se alimenta de su sangre que, en determinadas condiciones transmite la enfermedad a los seres humanos. Los historiadores modernos piensan que ésta fue la causa más común de expansión de la enfermedad.
Hay tres variantes de la enfermedad, dependiendo de su gravedad. La más extendida es la peste bubónica, que afecta a los ganglios linfáticos y provoca la inflamación (forúnculos, bubones) de aquellos situados en la garganta, en las axilas y, especialmente, en las ingles. Este tipo fue muy habitual en la baja edad media europea y a principios de la edad moderna. La mortalidad de los afectados era superior al 75%: la mayoría moría en la primera semana tras la aparición de la enfermedad. Aparecía en los meses de verano y solía alcanzar un pico en septiembre. En Londres y otras grandes ciudades europeas estos meses eran considerados insalubres y, quien podía permitírselo, se ausentaba de la ciudad. En la peste septicémica la infección se localiza en la sangre. Pero más devastadora era la peste neumónica, una de las enfermedades más infecciosas y mortales conocidas por el ser humano. Era frecuente en los meses fríos del invierno, afectaba a los pulmones y se trasmitía con facilidad, ya que se podía expandir a través de la tos y los estornudos. Era fatal en un 95% de los casos y sus víctimas morían unos tres o cuatro días después de la aparición del brote. En las tres variantes de la enfermedad se producen hemorragias internas que originan grandes hematomas en la piel, de ahí el nombre de peste negra.
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HISTORIA
Se cree que la peste negra de mediados del siglo XIV se inició en las estepas de Asia central y se extendió a China e India. Los cronistas contemporáneos pensaban que una serie de desastres naturales, como los terremotos, habían roto el equilibrio ecológico. Es posible que los portadores de la enfermedad fueran los mercaderes que viajaban desde las regiones afectadas empleando las habituales rutas de comercio desde Oriente Próximo y el Mediterráneo. Alcanzó Constantinopla en 1347, y París y la costa sur de Inglaterra en el verano de 1348. Más tarde se expandió al resto de Europa. El hecho de que continuara en los meses de invierno así como en el verano sugiere que las formas neumónica y bubónica coexistieron, debido a que la primera aparecía en condiciones de hacinamiento, por ejemplo, cuando la gente se agrupaba para calentarse. La velocidad con la que la enfermedad se extendió en una sociedad rural en su mayoría y con baja densidad de población según las pautas modernas, el corto intervalo entre la aparición de la infección y la muerte y la alta incidencia de mortalidad apuntan hacia un tipo muy virulento de enfermedad. La epidemia cruzaba las fronteras con facilidad, no sólo entre diferentes países sino también entre animales y seres humanos. Los observadores notaban la muerte de los animales domésticos, de los animales de granja e incluso de los pájaros, afectados por la peste humana en brotes posteriores.
No hay duda de la violencia y del impacto dramático de la peste entre 1348 y 1350. Muchos observadores contemporáneos, incluso con formación y bien documentados, quedaron impresionados ante la devastación humana causada por la enfermedad; fueron testigos de que, en muchos lugares, casi todos los habitantes sucumbieron, y sólo sobrevivieron unos pocos. Boccaccio, en la introducción a la Primera Jornada del Decamerón, calcula que murieron 100.000 personas, entre marzo y julio de 1348, en su Florencia natal, cifra que quizá representara la totalidad de la población de la ciudad. En aquel entonces se pensaba que la mortalidad alcanzaba incluso un 90%, pero dichos cálculos se han visto reducidos por las investigaciones modernas; pese a ello, las cifras aceptadas hoy por los historiadores siguen siendo elevadas. Se calcula que a finales de 1350 había muerto un tercio, o más, de toda la población europea y está demostrado que en las áreas más afectadas de Europa, más de la mitad de la población pereció. Allí donde se dispone de datos fiables, como en las ciudades italianas, resulta evidente que las tasas de mortalidad fueron con frecuencia diez veces más altas de lo habitual, con cientos de habitantes que morían a diario en las grandes urbes. En otras áreas de Europa el impacto fue mucho menor aunque los brotes tardíos de la enfermedad fueron más dañinos. Por ejemplo, se piensa que en los territorios que ocupan los actuales Países Bajos la peste negra pasó de largo, pero tuvieron que sufrirla más tarde.
Los coetáneos quedaron desconcertados por la enfermedad a medida que aumentaba su impacto. Pero hasta comienzos del siglo XX no se entendió en su integridad ni se dispuso de un tratamiento efectivo. Se especuló mucho sobre la causa del brote. Algunos creían que se debía a la corrupción del aire, con un invisible pero mortal miasma procedente del suelo, y apuntaban que los recientes terremotos habían liberado vapores insalubres desde las grandes profundidades. Pero las pestilencias eran comunes en la vida medieval y las viviendas insalubres, los mataderos de los carniceros y las zanjas —que siempre preocupaban a las autoridades— eran ya muy impopulares. Los cuerpos en descomposición de las víctimas, así como sus pertenencias y vestimentas, eran especialmente temidos. En un temprano episodio de guerra bacteriológica, un ejército de apestados intentó capturar la fortaleza enemiga catapultando los cadáveres dentro de la ciudad para infectar a los sitiados. En las áreas urbanas pudientes, los magistrados desarrollaron formas de enfrentarse con la enfermedad, a pesar de la falta de conocimiento sobre sus verdaderas causas. Al igual que las normas para mejorar la higiene y el saneamiento, se ordenaron restricciones al movimiento de la gente y de las mercancías, el aislamiento de los infectados, o su retirada a hospitales periféricos (‘casas de apestados’), enterramientos improvisados de las víctimas en cementerios extramuros sobrecargados y la quema de sus vestimentas. Como se creía que el aire infectado era nocivo, se utilizaban remedios populares como ramilletes de aromas dulces y la quema de especias e inciensos en los interiores. En brotes posteriores, tras la introducción de las hierbas procedentes del Nuevo Mundo, se pensó que el consumo de tabaco era efectivo.
En toda Europa, la Iglesia y los moralistas en general creyeron que la peste negra era un castigo de Dios por los pecados cometidos por la humanidad, y reclamaron una regeneración moral de la sociedad. Fueron condenados los excesos en la comida y la bebida, el comportamiento sexual inmoral, los atuendos insinuantes y, con motivo de la peste, las congregaciones se inclinaron hacia la espiritualidad más exacerbada. En muchos sitios el ánimo de penitencia fue llevado al extremo. El movimiento flagelante creció en popularidad: los hombres, con los torsos desnudos, se fustigaban con látigos en señal evidente de humildad frente al juicio divino. Debido a que el movimiento ganó adeptos y a que funcionaba al margen de la iglesia establecida, fue desautorizado por el Papado. La respuesta a esta corriente de algunos coetáneos, enfrentados a esta enfermedad impredecible e indiscriminada, donde los virtuosos no eran más inmunes a la muerte repentina que los impíos, fue vivir la vida, o lo que quedaba de ella, al límite. Así se refleja en el Decamerón de Boccaccio, una serie de historias contadas por supervivientes exiliados de la peste en Florencia, cuyos brillantes e impúdicos contenidos son un antídoto al miedo a la muerte inminente. Para aquellos que buscaban una explicación fácil de la expansión de la enfermedad, los culpables eran los habituales proscritos de la sociedad. En muchas zonas, los mendigos y pobres fueron acusados de contaminar al pueblo llano. En aquellas partes de Europa donde los judíos eran tolerados la violencia popular se volvió contra ellos. En diversas zonas del Sacro Imperio Romano Germánico y algunas ciudades suizas hubo masacres de judíos, acusados de envenenar los pozos, crimen que muchos confesaron bajo tortura.
Las consecuencias sociales y económicas de la peste negra han sido muy debatidas por los historiadores. Es probable que justo antes del brote y tras un largo periodo de crecimiento la población medieval de Europa hubiera alcanzado su punto más alto, y una dramática caída en casi todas las regiones tuviera un impacto inmediato. Los excedentes agrícolas desaparecieron, algunas poblaciones disminuyeron hasta desaparecer y varias ciudades perdieron su importancia, mientras que la mayor parte de las tierras marginales permanecieron sin cultivar. En las décadas siguientes (hubo más brotes devastadores en 1361 y en años posteriores, a intervalos irregulares, entre los siglos XV y XVI) los salarios se elevaron y los propietarios de la tierra disminuyeron, señal de la dificultad de encontrar arrendatarios y trabajadores cuando la población se redujo. Para quienes sobrevivieron a esta desastrosa crisis de mortalidad, los salarios fueron más altos y los precios de las alimentos bajaron, en el siglo posterior a la peste negra, como nunca antes de 1348. Los supervivientes se beneficiaron durante un tiempo de las muertes masivas.
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CESE DE LA EPIDEMIA
La peste permaneció endémica cuando no epidémica en Europa durante los siguientes tres siglos y desapareció de forma gradual tras 1670, fecha del último brote en Inglaterra. La mayoría de las naciones occidentales se libraron en adelante de las grandes epidemias, aunque Marsella fue la excepción en 1720. Permaneció, sin embargo, en el Próximo Oriente y Asia, y fue preciso tomar precauciones para frenar su expansión. La frontera entre los Imperios Austro-Húngaro y otomano permaneció como un cordón sanitario, equipado de forma activa cuando aparecía un brote de la enfermedad en el Lejano Oriente. La causa del declive en la incidencia de la peste sigue siendo desconocida. ¿tal vez se debió a que la rata negra fue reemplazada por la parda y ésta resultó peor transmisora de la pulga? ¿Mejoraron las condiciones de vivienda y las condiciones de vida? ¿Se hicieron los seres humanos, tras siglos de infección, inmunes a ella? Los avances médicos, tan importantes en la eliminación de otras enfermedades fatales en el mundo moderno, parecen haber jugado un papel insignificante en el caso de la peste.

miércoles, 16 de marzo de 2011

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