Acondicionamiento del suelo


Acondicionamiento del suelo

Acondicionamiento del suelo, técnica agrícola que permite mantener o mejorar la productividad de los suelos. Es la base de la agricultura científica, e implica seis prácticas esenciales: labranza adecuada, mantenimiento de un aporte apropiado de materia orgánica en el suelo, mantenimiento de un aporte conveniente de nutrientes, control de la contaminación del suelo, mantenimiento de una acidez correcta del suelo y control de la erosión.
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LABRANZA

Labranza
El suelo se prepara para el cultivo por medio de un proceso llamado labranza. Los arados roturan la superficie del suelo para que circulen el aire y la humedad, preparando un buen lecho para las semillas y eliminando las malas hierbas y el exceso de vegetación. La roturación suele hacerse siguiendo los contornos del terreno, de forma perpendicular a su pendiente. Esos trazados y líneas, notables hasta muy avanzado el crecimiento de la cosecha, permiten minimizar las escorrentías. Cuando se utiliza de forma conjunta con la construcción de diques y terrazas, este tipo de labranza puede ser un método muy efectivo para la conservación del suelo y el control de la erosión.

El propósito de la labranza es preparar el suelo para el cultivo. Tradicionalmente esta preparación se realiza empleando un arado, que penetra en el suelo y voltea la tierra, arrancando o eliminando las malas hierbas que crecen en el terreno, removiendo y aflojando las capas superficiales del suelo y dejando un lecho con la humedad suficiente para que germinen las semillas sembradas. La labranza tradicional puede perjudicar al suelo si se practica continuamente durante muchos años, sobre todo si la capa fértil de la superficie es delgada. Hoy, muchos agricultores siguen un programa de labranza mínima o reducida para conservar el suelo. En este tipo de labranza la materia vegetal muerta que queda en el suelo tras la cosecha se deja encima, o bien bajo tierra, a poca profundidad, en vez de ser introducida profundamente con el arado, como ocurre en la labranza tradicional; ello contribuye a mantener la humedad en el interior y a proteger el suelo de la erosión.
El arado, principal herramienta mecánica empleada para la labranza en todo el mundo, puede estar diseñado para diversos fines, que van desde la simple excavación de un surco en el suelo a la inversión total, o volteo, del suelo, normalmente hasta una profundidad de 15 a 20 cm. En ciertos lugares y con determinados fines, el arado es sustituido como instrumento de labranza por varios tipos de escarificadores, herramientas que arañan o escarifican la superficie del suelo sin penetrar profundamente en él. Por lo general, esas herramientas se emplean sólo para romper y pulverizar el suelo después de la labranza. Los escarificadores y otras herramientas de ese tipo se usan para cultivar el suelo entre las hileras de cultivos en crecimiento de forma universal.
La labranza en profundidad y la subsiguiente escarificación son necesarias en lugares en los que el suelo es compacto, impermeable al agua e impenetrable para las raíces de las plantas. Una labranza excesiva, no obstante, puede deteriorar la estructura del suelo, especialmente si se lleva a cabo cuando está húmedo. El problema resulta más grave en suelos de textura fina que en suelos de arena, arcilla y loam, puesto que normalmente requieren menos labranza. El clima desempeña también un papel importante, no sólo en lo que se refiere a la cantidad, sino también a la época de labranza. En áreas de humedad elevada, la labranza debe limitarse a las estaciones en las que no se esperan grandes lluvias, ya que las superficies recién labradas son susceptibles a la erosión por el agua. Por el contrario, en zonas áridas o subhúmedas, el suelo debe labrarse antes de los periodos lluviosos con el fin de que pueda absorber un máximo de agua.
Arado
El arado es uno de los aperos de labranza más antiguos que se conocen. Este granjero todavía emplea un arado tirado por una mula para labrar sus tierras.

Entre los beneficios secundarios, pero importantes, de la labranza, está la aireación o exposición al aire, debida a la pulverización del suelo. La aireación no sólo permite una mejor circulación del oxígeno y el agua, sino que también tiene como resultado un incremento de la actividad biológica en el suelo, que engloba la de los organismos que fijan el nitrógeno atmosférico. La labranza contribuye a la salud de las plantas inhibiendo las enfermedades que las afectan (véase Enfermedades de las plantas) y dificultando el desarrollo de diversos tipos de insectos que son dañinos para ellas.
El tipo de labranza afecta a la pérdida de suelo debida a la erosión por el viento y el agua. Cuando los surcos se excavan siguiendo la pendiente, colina arriba y abajo, el agua tiende a fluir a lo largo de ellos, arrastrando pequeñas partículas de las capas superiores del suelo. Por el contrario, si los surcos se trazan perpendicularmente a la pendiente, el agua permanece en ellos y es absorbida en lugar de formar escorrentías.
El tipo y cantidad de cultivo entre las hileras de la cosecha viene determinado por el carácter del suelo. Los suelos pesados y empapados se benefician de la aireación que produce la labranza, mientras que los suelos duros y aterronados pueden requerir algún tipo de cultivo que les permita absorber la humedad que necesitan las cosechas. Para los suelos que están en buen estado el principal objetivo del cultivo en hileras es el control de malas hierbas.
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CONSERVACIÓN DE LA MATERIA ORGÁNICA
La materia orgánica es un elemento importante para mantener el suelo en buenas condiciones físicas; contiene la reserva íntegra de nitrógeno de éste, así como cantidades significativas de otros nutrientes, como fósforo y azufre. Así pues, la productividad del suelo se ve claramente afectada por el equilibrio de materia orgánica del suelo. Dado que la mayor parte de los vegetales cultivados se recogen en vez de dejar que se descompongan, la materia orgánica que normalmente revertiría al suelo tras la descomposición de las plantas se pierde. Para compensar esta pérdida se emplean varios métodos estandarizados. Los dos más importantes son la rotación de cultivos y el empleo de abonos.
La rotación de cultivos consiste en sembrar diferentes vegetales sucesivamente sobre el mismo terreno, en lugar de utilizar un sistema de monocultivo o de cambios aleatorios de las cosechas. En el sistema de rotación se alternan los cultivos sobre la base de la cantidad y el tipo de materia orgánica que cada uno de ellos devuelve al suelo. Dado que la labranza intensiva acelera la pérdida por oxidación de la materia orgánica, las rotaciones suelen incluir una o más cosechas de superficie (cultivos que crecen en la superficie del suelo) que requieren poca o ninguna labranza. La penetración profunda de las raíces de ciertas cosechas de leguminosas, como la alfalfa, aporta un mejor drenaje a través de los canales que quedan tras la descomposición de las raíces (véase Leguminosas).
El sistema de rotación emplea tipos especiales de cultivos, como cultivos de cobertura y cultivos de estiércol verde. Los cultivos de cobertura son los que se realizan para proteger el suelo durante el invierno y, si se utiliza una leguminosa, para favorecer la fijación de nitrógeno. Los cultivos de estiércol verde se emplean solamente para enterrarlos con el arado y sirven para aumentar el contenido en materia orgánica del suelo. Aunque éstos no producen nada, sí incrementan el rendimiento de subsiguientes siembras en los mismos campos.
El método más antiguo para aumentar el contenido de materia orgánica del suelo es la aplicación de fertilizantes como el estiércol y el compost. El abonado del suelo con excrementos de animales se ha practicado durante miles de años y sirve para aportar diversos compuestos orgánicos complejos que son importantes para el crecimiento de las plantas. El compost, que normalmente es una mezcla de materia vegetal y animal muerta, se emplea de modo similar al estiércol y muchas veces se le añaden fertilizantes químicos para aumentar su efectividad.
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APORTACIÓN DE NUTRIENTES
Entre las deficiencias del suelo que afectan a la productividad, la falta de nutrientes es especialmente problemática. Los nutrientes más necesarios para un correcto crecimiento de las plantas son el nitrógeno, el potasio, el fósforo, el hierro, el calcio, el azufre y el magnesio, todos los cuales están presentes en la mayoría de los suelos en cantidades variables. Además, la mayor parte de las plantas requiere diminutas cantidades de sustancias llamadas elementos traza, presentes en el suelo en cantidades muy pequeñas, entre los que se encuentran el manganeso, el cinc, el cobre y el boro. A menudo, los nutrientes se encuentran en el suelo en forma de compuestos que las plantas no pueden utilizar fácilmente. Por ejemplo, el fósforo combinado con calcio o magnesio es utilizable por las plantas, pero combinado con hierro o aluminio, normalmente no. El enriquecimiento del suelo con fertilizantes artificiales y por medio de tratamientos que aceleran la descomposición de compuestos complejos incrementa la disponibilidad de minerales utilizables en el suelo. La cantidad de fósforo utilizable, por ejemplo, se incrementa frecuentemente con la adición de fertilizantes superfosfatados. Añadir calcio a los suelos disminuye la acidez y aumenta la disponibilidad de fósforo para las plantas. No obstante, la existencia de fósforo en formas no utilizables es, en ocasiones, ventajosa, ya que contribuye a conservar el contenido de éste en el suelo y hace que los efectos de la aplicación de superfosfato perduren años. En muchas ocasiones se añade cobre y azufre al suelo por medio de soluciones aplicadas en forma de aerosol. Otros elementos se añaden mediante aplicación directa o mediante fertilizantes artificiales específicos.
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CONTAMINACIÓN DEL SUELO
La contaminación del suelo se define como la acumulación en éste de compuestos tóxicos persistentes, productos químicos, sales, materiales radiactivos o agentes patógenos, que tienen efectos adversos en el desarrollo de las plantas y la salud de los animales. La creciente cantidad de fertilizantes y otros productos químicos agrícolas que fueron aplicados a los suelos después de la II Guerra Mundial, sumada a las prácticas de vertido de residuos industriales y domésticos, llevó a una progresiva preocupación por la contaminación de los suelos a mediados de la década de 1960. Aunque el empleo de fertilizantes que contienen nutrientes primarios, nitrógeno, fósforo y potasio, no ha producido contaminación de los suelos, la aplicación de elementos traza sí lo ha hecho. El riego de suelos áridos lleva frecuentemente a la contaminación por sales. El azufre procedente de los residuos industriales ha contaminado los suelos en el pasado, al igual que la acumulación de compuestos de arsénico tras años de fumigación de las cosechas con arseniato de plomo. La utilización de pesticidas ha llevado también a la contaminación a corto plazo del suelo. Véase Medio ambiente.
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RESIDUOS DE PESTICIDAS
Control de plagas
El control de las plagas se ha convertido en un problema para los agricultores debido a su impacto ambiental. Aunque el insecticida empleado en este patatal eliminará una generación de escarabajos de la patata, puede contaminar también los alimentos y el agua locales.

La efectividad de un pesticida, así como los riesgos que representan sus residuos dañinos, dependen en gran medida del tiempo que éste perdura en el suelo. Por ejemplo, el DDT, un hidrocarburo clorado, tiene una vida media de tres años en suelos cultivados, mientras que los insecticidas organofosforados sólo permanecen durante días o meses. Los hidrocarburos clorados persisten más tiempo en suelos con un alto contenido en materia orgánica, además es necesario emplear más cantidad del producto para aniquilar a las plagas (véase Control de plagas). Los insecticidas se mantienen más tiempo si se introducen en el suelo en vez de dejarlos en la superficie. Los herbicidas aplicados a los suelos pueden no permanecer en absoluto o hacerlo durante dos años o más, dependiendo del compuesto. La simiazina es uno de los herbicidas más persistentes, aunque todos acaban desapareciendo por evaporación, lixiviación, absorción por las plantas, descomposición química y microbiana, así como por fotodescomposición.
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AJUSTE DE LA ACIDEZ DEL SUELO
El mantenimiento de una acidez específica es importante en el acondicionamiento del suelo con el fin de controlar la adaptación de los diversos cultivos y de la vegetación nativa a diferentes suelos. Por ejemplo, los arándanos sólo se pueden cultivar con éxito en suelos de acidez moderada a extrema, mientras que la alfalfa y otras leguminosas sólo se desarrollan bien en suelos levemente ácidos o ligeramente alcalinos. El procedimiento habitual para corregir el exceso de acidez de un suelo es la aplicación de cal en forma de caliza, caliza dolomítica, o cal muerta. Cuando se añade cal, el hidrógeno del complejo coloide del suelo es sustituido por el calcio de la cal. Los suelos ácidos se encuentran fundamentalmente en regiones de pluviosidad elevada; en las regiones áridas, los suelos son normalmente alcalinos.
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CONTROL MECÁNICO DE LA EROSIÓN
La pérdida mecánica de la capa fértil del suelo es uno de los problemas más graves de la agricultura. Esta pérdida se debe casi siempre a la erosión producida por la acción del agua y el viento sobre la superficie. Para más información sobre los diversos métodos empleados para combatir la erosión, véase Conservación; Drenaje.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Suelo


Suelo

Suelo, cubierta superficial de la mayoría de la superficie continental de la Tierra. Es un agregado de minerales no consolidados y de partículas orgánicas producidas por la acción combinada del viento, el agua y los procesos de desintegración orgánica.
Los suelos cambian mucho de un lugar a otro. La composición química y la estructura física del suelo en un lugar dado están determinadas por el tipo de material geológico del que se origina, por la cubierta vegetal, por la cantidad de tiempo en que ha actuado la meteorización, por la topografía y por los cambios artificiales resultantes de las actividades humanas. Las variaciones del suelo en la naturaleza son graduales, excepto las derivadas de desastres naturales. Sin embargo, el cultivo de la tierra priva al suelo de su cubierta vegetal y de mucha de su protección contra la erosión del agua y del viento, por lo que estos cambios pueden ser más rápidos. Los agricultores han tenido que desarrollar métodos para prevenir la alteración perjudicial del suelo debida al cultivo excesivo y para reconstruir suelos que ya han sido alterados con graves daños.
El conocimiento básico de la textura del suelo es importante para los ingenieros que construyen edificios, carreteras y otras estructuras sobre y bajo la superficie terrestre. Sin embargo, los agricultores se interesan en detalle por todas sus propiedades, porque el conocimiento de los componentes minerales y orgánicos, de la aireación y capacidad de retención del agua, así como de muchos otros aspectos de la estructura de los suelos, es necesario para la producción de buenas cosechas. Los requerimientos de suelo de las distintas plantas varían mucho, y no se puede generalizar sobre el terreno ideal para el crecimiento de todas las plantas. Muchas plantas, como la caña de azúcar, requieren suelos húmedos que estarían insuficientemente drenados para el trigo. Las características apropiadas para obtener con éxito determinadas cosechas no sólo son inherentes al propio suelo; algunas de ellas pueden ser creadas por un adecuado acondicionamiento del suelo.
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NATURALEZA DEL SUELO
Etapas de la formación del suelo
La formación del suelo es un proceso en el que las rocas se dividen en partículas menores mezclándose con materia orgánica en descomposición. El lecho rocoso empieza a deshacerse por los ciclos de hielo-deshielo, por la lluvia y por otras fuerzas del entorno (I). El lecho se descompone en la roca madre que, a su vez, se divide en partículas menores (II). Los organismos de la zona contribuyen a la formación del suelo desintegrándolo cuando viven en él y añadiendo materia orgánica tras su muerte. Al desarrollarse el suelo, se forman capas llamadas horizontes (III). El horizonte A, más próximo a la superficie, suele ser más rico en materia orgánica, mientras que el horizonte C contiene más minerales y sigue pareciéndose a la roca madre. Con el tiempo, el suelo puede llegar a sustentar una cobertura gruesa de vegetación reciclando sus recursos de forma efectiva (IV). En esta etapa, el suelo puede contener un horizonte B, donde se almacenan los minerales lixiviados.

Los componentes primarios del suelo son: 1) compuestos inorgánicos, no disueltos, producidos por la meteorización y la descomposición de las rocas superficiales; 2) los nutrientes solubles utilizados por las plantas; 3) distintos tipos de materia orgánica, viva o muerta y 4) gases y agua requeridos por las plantas y por los organismos subterráneos.
La naturaleza física del suelo está determinada por la proporción de partículas de varios tamaños. Las partículas inorgánicas tienen tamaños que varían entre el de los trozos distinguibles de piedra y grava hasta los de menos de 1/40.000 centímetros. Las grandes partículas del suelo, como la arena y la grava, son en su mayor parte químicamente inactivas; pero las pequeñas partículas inorgánicas, componentes principales de las arcillas finas, sirven también como depósitos de los que las raíces de las plantas extraen nutrientes. El tamaño y la naturaleza de estas partículas inorgánicas diminutas determinan en gran medida la capacidad de un suelo para almacenar agua, vital para todos los procesos de crecimiento de las plantas.

Horizonte edafológico

La parte orgánica del suelo está formada por restos vegetales y restos animales, junto a cantidades variables de materia orgánica amorfa llamada humus. La fracción orgánica representa entre el 2 y el 5% del suelo superficial en las regiones húmedas, pero puede ser menos del 0.5% en suelos áridos o más del 95% en suelos de turba.
El componente líquido de los suelos, denominado por los científicos solución del suelo, es sobre todo agua con varias sustancias minerales en disolución, cantidades grandes de oxígeno y dióxido de carbono disueltos. La solución del suelo es muy compleja y tiene importancia primordial al ser el medio por el que los nutrientes son absorbidos por las raíces de las plantas. Cuando la solución del suelo carece de los elementos requeridos para el crecimiento de las plantas, el suelo es estéril.
Los principales gases contenidos en el suelo son el oxígeno, el nitrógeno y el dióxido de carbono. El primero de estos gases es importante para el metabolismo de las plantas porque su presencia es necesaria para el crecimiento de varias bacterias y de otros organismos responsables de la descomposición de la materia orgánica. La presencia de oxígeno también es vital para el crecimiento de las plantas ya que su absorción por las raíces es necesaria para sus procesos metabólicos.
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CLASES DE SUELO
Los suelos muestran gran variedad de aspectos, fertilidad y características químicas en función de los materiales minerales y orgánicos que lo forman. El color es uno de los criterios más simples para calificar las variedades de suelo. La regla general, aunque con excepciones, es que los suelos oscuros son más fértiles que los claros. La oscuridad suele ser resultado de la presencia de grandes cantidades de humus. A veces, sin embargo, los suelos oscuros o negros deben su tono a la materia mineral o a humedad excesiva; en estos casos, el color oscuro no es un indicador de fertilidad.
Los suelos rojos o castaño-rojizos suelen contener una gran proporción de óxidos de hierro (derivado de las rocas primigenias) que no han sido sometidos a humedad excesiva. Por tanto, el color rojo es, en general, un indicio de que el suelo está bien drenado, no es húmedo en exceso y es fértil. En muchos lugares del mundo, un color rojizo puede ser debido a minerales formados en épocas recientes, no disponibles químicamente para las plantas. Casi todos los suelos amarillos o amarillentos tienen escasa fertilidad. Deben su color a óxidos de hierro que han reaccionado con agua y son de este modo señal de un terreno mal drenado. Los suelos grisáceos pueden tener deficiencias de hierro u oxígeno, o un exceso de sales alcalinas, como carbonato de calcio.
La textura general de un suelo depende de las proporciones de partículas de distintos tamaños que lo constituyen. Las partículas del suelo se clasifican como arena, limo y arcilla. Las partículas de arena tienen diámetros entre 2 y 0,05 mm, las de limo entre 0,05 y 0,002 mm, y las de arcilla son menores de 0,002 mm. En general, las partículas de arena pueden verse con facilidad y son rugosas al tacto. Las partículas de limo apenas se ven sin la ayuda de un microscopio y parecen harina cuando se tocan. Las partículas de arcilla son invisibles si no se utilizan instrumentos y forman una masa viscosa cuando se mojan.
En función de las proporciones de arena, limo y arcilla, la textura de los suelos se clasifica en varios grupos definidos de manera arbitraria. Algunos son: la arcilla arenosa, la arcilla limosa, el limo arcilloso, el limo arcilloso arenoso, el fango arcilloso, el fango, el limo arenoso y la arena limosa. La textura de un suelo afecta en gran medida a su productividad. Los suelos con un porcentaje elevado de arena suelen ser incapaces de almacenar agua suficiente como para permitir el buen crecimiento de las plantas y pierden grandes cantidades de minerales nutrientes por lixiviación hacia el subsuelo. Los suelos que contienen una proporción mayor de partículas pequeñas, por ejemplo las arcillas y los limos, son depósitos excelentes de agua y encierran minerales que pueden ser utilizados con facilidad. Sin embargo, los suelos muy arcillosos tienden a contener un exceso de agua y tienen una textura viscosa que los hace resistentes al cultivo y que impide, con frecuencia, una aireación suficiente para el crecimiento normal de las plantas.
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CLASIFICACIÓN DE LOS SUELOS
Suelos del mundo

Los suelos se dividen en clases según sus características generales. La clasificación se suele basar en la morfología y la composición del suelo, con énfasis en las propiedades que se pueden ver, sentir o medir —por ejemplo, la profundidad, el color, la textura, la estructura y la composición química—. La mayoría de los suelos tienen capas características, llamadas horizontes; la naturaleza, el número, el grosor y la disposición de éstas también es importante en la identificación y clasificación de los suelos.
Las propiedades de un suelo reflejan la interacción de varios procesos de formación que suceden de forma simultánea tras la acumulación del material primigenio. Algunas sustancias se añaden al terreno y otras desaparecen. La transferencia de materia entre horizontes es muy corriente. Algunos materiales se transforman. Todos estos procesos se producen a velocidades diversas y en direcciones diferentes, por lo que aparecen suelos con distintos tipos de horizontes o con varios aspectos dentro de un mismo tipo de horizonte.
Los suelos que comparten muchas características comunes se agrupan en series y éstas en familias. Del mismo modo, las familias se combinan en grupos, y éstos en subórdenes que se agrupan a su vez en órdenes.
Los nombres dados a los órdenes, subórdenes, grupos principales y subgrupos se basan, sobre todo, en raíces griegas y latinas. Cada nombre se elige tratando de indicar las relaciones entre una clase y las otras categorías y de hacer visibles algunas de las características de los suelos de cada grupo. Los suelos de muchos lugares del mundo se están clasificando según sus características lo cual permite elaborar mapas con su distribución.
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QUÍMICA DEL SUELO
El suelo ha sido comparado con un laboratorio químico muy complicado, donde tienen lugar un gran número de reacciones que implican a casi todos los elementos químicos conocidos. Algunas reacciones se pueden considerar sencillas y se comprenden con facilidad, pero el resto son complejas y de difícil comprensión. En general los suelos se componen de silicatos con complejidades que varían desde la del sencillo óxido de silicio —cuarzo— hasta la de los silicatos de aluminio hidratados, muy complejos, encontrados en los suelos de arcilla. Los elementos del suelo más importantes para la nutrición de las plantas incluyen el fósforo, el azufre, el nitrógeno, el calcio, el hierro y el magnesio. Investigaciones recientes han mostrado que las plantas para crecer también necesitan cantidades pequeñas pero fundamentales de elementos como boro, cobre, manganeso y cinc.
Las plantas obtienen nutrientes de los coloides del suelo, partículas diminutas parecidas a la arcilla que se mezclan con el agua, aunque no se disuelven en ella. Se forman como producto de la meteorización física y química de minerales primarios. Consisten en cantidades variables de óxidos hidratados de hierro, aluminio y silicio y de minerales cristalinos secundarios como la caolinita y la montmorillonita.
Los coloides tienen algunas propiedades físicas marcadas que afectan fuertemente las características agrícolas de los distintos suelos. Los suelos de las regiones con precipitación escasa y poca agua subterránea están sometidos a lixiviación moderada y, por tanto, contienen gran cantidad de compuestos originales, como calcio, potasio y sodio. Los coloides de este tipo se expanden en gran medida cuando se mojan y tienden a dispersarse en el agua. Al secarse toman una consistencia gelatinosa y pueden, tras un secado adicional, formar masas impermeables al agua.
Donde el terreno queda cubierto por bosques, los coloides inorgánicos y orgánicos penetran en la tierra transportados por agua subterránea después de lluvias o inundaciones; forman una capa concentrada en la parte inferior del suelo y consolidan otras partículas de él para producir una masa densa y sólida.
Una de las características importantes de las partículas coloidales es su capacidad para participar en un tipo de reacción química conocida como intercambio de bases. En esta reacción un compuesto cambia al sustituir uno de sus elementos por otro. Así, los elementos que estaban ligados a un compuesto pueden quedar libres en la solución del suelo y estar disponibles como nutrientes para las plantas. Cuando se añade a un suelo materia fertilizante como el potasio, una porción del elemento requerido entra en la solución del suelo de forma inmediata, y queda disponible, mientras que el resto participa en el intercambio de bases y permanece en el suelo incorporado a los coloides.
Uno de los ejemplos de intercambio de bases más simple y valioso para la agricultura es la reacción que se produce cuando la caliza (CaCO3) se utiliza para neutralizar la acidez. La acidez del suelo, que puede definirse como la concentración de iones de hidrógeno, afecta a muchas plantas; las legumbres, por ejemplo, no pueden crecer en un terreno ácido.
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AGUA DEL SUELO
Como se dijo, la cantidad de agua disponible en un suelo dado tiene un efecto importante en la productividad del terreno para su uso agrícola. Tanto en estado líquido como gaseoso, el agua ocupa cerca de un cuarto del volumen del suelo productivo. La cantidad de agua retenida depende del tamaño y de la disposición de los poros en el terreno. En suelos gruesos y desagregados, el agua tiende a drenarse hacia abajo por la acción de la gravedad, dejando un pequeño remanente.
Los suelos compuestos por partículas finas suelen tener una porosidad total superior, por tanto, retienen cantidades de agua mayores que los suelos de textura gruesa. El agua se mueve y queda retenida por un sistema de poros. Sólo están disponibles para las plantas dos tercios del agua almacenada después de que se haya drenado el exceso. La partículas del suelo absorben el agua restante con fuerza suficiente como para impedir su uso por las plantas.
Las fuerzas que actúan sobre el agua, llamadas succión del suelo, pueden clasificarse así: las causadas por las partículas (fuerzas mátricas), por los solutos disueltos en el agua (fuerzas osmóticas) y por la gravedad (fuerzas gravitatorias). Las fuerzas mátricas surgen de la acción capilar y de las interacciones electrostáticas entre el agua y las partículas del suelo. Las fuerzas osmóticas dependen de la cantidad de sales disueltas en el agua y que influyen de forma indirecta en su movimiento por el suelo. La suma de las fuerzas mátricas y osmóticas se llama potencial total del agua.
El agua que interactúa con las superficies de los minerales del suelo tiene propiedades distintas de las del agua libre. Por tanto se llama agua ligada. Ésta, comparada con el agua libre, tiene volumen específico, viscosidad y calor específico mayores, constante dieléctrica menor y una mayor resistencia a los reordenamientos. Estos efectos se extienden a distancias muy cortas, del orden de tres a diez capas de moléculas de agua. El enlace de hidrógeno y las fuerzas de Van der Waals (atracción intermolecular) se mencionan como razones por las que el agua queda ligada a las superficies de suelo.
Las necesidades de agua de las plantas se satisfacen con el agua del suelo. El límite máximo de embalse depende de la capacidad del terreno, y el mínimo depende del porcentaje de secado permanente y también de la ocupación efectiva de las raíces de la cosecha. La capacidad del terreno es la cantidad de agua en un suelo dos o tres días después de una inundación completa de su perfil, expresada como peso seco del suelo. El coeficiente de marchitamiento se define como el valor de la humedad del suelo bajo el cual un vegetal se marchitaría y moriría, aún cuando se encuentre en una atmósfera húmeda. Se expresa como porcentaje de masa de suelo seco.
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MATERIA ORGÁNICA DEL SUELO
El término general utilizado para definir la mezcla compleja de materia orgánica del suelo es humus. No es una mezcla estable de sustancias químicas, es más bien una mezcla dinámica, en constante cambio, que representa cada etapa de la descomposición de la materia orgánica muerta, desde la más simple a la más compleja. El proceso de descomposición está causado por la acción de un gran número de bacterias y hongos microscópicos. Estos microorganismos atacan y digieren los compuestos orgánicos complejos que constituyen la materia viva, reduciéndola a formas más simples que las plantas pueden usar como alimento. Un ejemplo típico de acción de las bacterias es la formación de amoníaco a partir de proteínas animales y vegetales.
Unas bacterias oxidan el amoníaco para formar nitritos, y otras actúan sobre los nitritos para constituir nitratos, un tipo de compuesto del nitrógeno que puede ser utilizado por las plantas. Algunas bacterias son capaces de atraer, o extraer, nitrógeno del aire (véase Fijación del nitrógeno) de forma que quede disponible en el suelo. Incluso partes no descompuestas del humus, o que sólo han experimentado descomposición parcial, contribuyen a la fertilidad del terreno dando al suelo una textura más ligera y porosa.
Bajo condiciones naturales, así como en zonas que no han sido nunca perturbadas por cultivo o deforestación, hay un equilibrio entre la cantidad de humus destruido por descomposición total y la materia añadida por la putrefacción de plantas y de cuerpos animales. Donde se practica la agricultura o donde se altera el equilibrio de los procesos naturales, bien por los humanos, bien por accidentes naturales como el fuego, se pierde la estabilidad y se reduce el contenido orgánico del suelo hasta que se alcanza un nuevo equilibrio.

Cnidarios


Cnidarios

Anémona marina
Esta anémona marina está emparentada con los corales, medusas e hidrozoos. Aunque las anémonas marinas pueden moverse, no persiguen de forma activa a sus presas, sino que capturan peces, quisquillas u otros invertebrados que pasan cerca de ellas o caen sobre ellas. Su color obedece a la presencia de algas simbióticas, llamadas zooxantelas, que viven en los tejidos de la anémona.

Cnidarios,  filo de animales invertebrados acuáticos, con un grado de organización mayor que las esponjas, dotados de células urticantes o cnidocitos. El filo Cnidarios abarca más de 9.000 especies que se distribuyen en todos los océanos, entre las que se incluyen corales, hidras, medusas o anémonas de mar; solo se conocen unas pocas especies de agua dulce. El filo Cnidarios también se conoce como Celenterados o Celentéreos, nombre que hace referencia a que estos animales poseen una cavidad única gastrovascular, que comunica con el exterior por un orificio que es a la vez boca y ano; sin embargo esta característica es aplicable también al filo Ctenóforos y en ocasiones se emplea para referirse a ambos filos.
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ANATOMÍA
Ciclo vital de Aurelia
En el género Aurelia, de la clase de los Escifozoos, el ciclo vital comprende tanto la fase de medusa, con sexos separados e individuos que nadan libremente, como la de pólipo, sin diferenciación de sexos e individuos fijos al sustrato. Las medusas se reproducen sexualmente mediante la fecundación interna de gametos masculinos y femeninos. El individuo macho suelta en el agua sus gametos; si éstos alcanzan el celénteron (cavidad interna de los cnidarios) de una medusa hembra pueden fecundar los óvulos producidos en sus gónadas e iniciar el ciclo. El cigoto que deriva de la fecundación es liberado en el agua, donde se divide por mitosis dando origen a una forma larvaria llamada plánula. Después de un breve periodo en el que flota libremente, la plánula se fija en el fondo y desarrolla un escifistoma, una forma parecida a la hidra. Por un proceso que recibe el nombre de estrobilación el escifistoma forma una estructura polipoide, llamada estróbilo, formada por una serie de yemas con forma de plato (efiras). Del estróbilo maduro se desprenden poco a poco las efiras, jóvenes medusas destinadas a convertirse en individuos adultos, capaces a su vez de reproducirse sexualmente.

Los cnidarios tienen formas diversas y su tamaño varía desde el de los microscópicos hidrozoos hasta el de algunas medusas que pueden alcanzar unos 2 m de diámetro, con tentáculos de 30 m de longitud. A pesar de sus diferencias de forma y tamaño, todos los cnidarios tienen simetría radial (el cuerpo puede ser dividido en mitades semejantes por más de dos planos que contienen el eje oral-aboral) o birradial (solo dos planos que pasan por el eje oral-aboral dividen al animal en mitades simétricas, debido a la presencia de alguna parte del animal que es única o par). Seis de los diez tentáculos que rodean la boca de los cnidarios se emplean para capturar e ingerir los animales de los que se alimentan.
Los cnidarios tienen un cuerpo en forma de saco con una abertura oral. Presentan la pared del cuerpo dividida en 2 capas: una epidermis externa (ectodérmica) y una gastrodermis interna (endodérmica). Entre estas dos capas hay una matriz gelatinosa, que puede ser más o menos ancha, denominada mesoglea. Los cnidarios son animales invertebrados (carecen de esqueleto interno) pero la epidermis de algunas especies, como la de los corales pétreos, puede originar una estructura externa que hace las veces de exoesqueleto. La epidermis de otros cnidarios forma una estructura interna similar a un endoesqueleto. La epidermis y la gastrodermis contienen también fibras contráctiles que permiten el movimiento del animal.
Los cnidarios no tienen ano, carecen de órganos internos y de sistemas circulatorio, digestivo y respiratorio. La abertura oral conduce a una cavidad digestiva o gastrovascular que puede estar ramificada o dividida por tabiques o septos. Las secreciones producidas por las células de la gastrodermis digieren el alimento dentro de la cavidad gastrovascular. Además, las células de la gastrodermis se encargan de distribuir los nutrientes y el oxígeno disuelto a todas las partes del cuerpo. Como no tienen ano, eliminan los productos de desecho por la única abertura que poseen, que hace las veces de boca y ano.
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POLIMORFISMO: PÓLIPOS Y MEDUSAS
Durante su ciclo de vida, los cnidarios pueden adoptar dos tipos morfológicos: el pólipo y la medusa. Algunos cnidarios alternan estas dos formas básicas a lo largo de su ciclo vital, pero otros viven solo como pólipos y algunos solo como medusas. El pólipo está adaptado a una vida sésil (vive fijo al sustrato), mientras que la medusa está adaptada a la flotación o a la natación.
La forma pólipo presenta una estructura cilíndrica o tubular con un extremo que se fija al sustrato y con la boca y los tentáculos que la rodean en el otro extremo. Los pólipos pueden ser solitarios, como en algunos tipos de hidras, o pueden unirse a otros pólipos y formar una colonia, como sucede en los corales. En algunos cnidarios, como en las especies del género Obelia, los pólipos que forman la colonia pueden realizar funciones especializadas: algunos se encargan de capturar el alimento, otros de reproducirse y otros de proteger la colonia.
Las medusas tienen forma de paraguas o campana. La boca se sitúa generalmente en el centro del lado cóncavo y los tentáculos se extienden desde los bordes del cuerpo. Las medusas son solitarias y nadan libremente en el agua. En las medusas la capa gelatinosa de mesoglea es más gruesa que en los pólipos, proporcionándoles mayor flotabilidad.
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NEMATOCISTOS
El nombre cnidarios deriva de la palabra griega knidos, que significa ‘ortiga’ y hace referencia a los orgánulos urticantes conocidos como nematocistos que se encuentran en sus tentáculos y que son característicos de este filo. Los cnidarios atacan a las presas con los nematocistos y utilizan sus tentáculos para llevar la presa hacia la boca y tragarla.
El nematocisto está encerrado en una célula llamada cnidocito. Cada nematocisto es una especie de cápsula que contiene una hebra tubular o filamento que se dispara como un látigo. Se han descrito unos 30 tipos diferentes de nematocistos que actúan de manera diferente. Los filamentos de algunos nematocistos envuelven a la presa, otros se pegan a ella y otros se inyectan en el cuerpo de los animales de los que se alimentan. Los nematocistos de algunos cnidarios contienen veneno capaz de paralizar o matar a su presa.
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REPRODUCCIÓN
La forma de reproducirse varía de unas especies a otras. Los cnidarios pueden reproducirse mediante reproducción asexual, sexual o ambas. Los pólipos generalmente llevan a cabo una reproducción asexual mediante gemación, en la cual una yema se separa del cuerpo y da lugar a un nuevo pólipo o medusa. Las medusas se reproducen principalmente de forma sexual –producen gametos o células sexuales y un espermatozoide o gameto masculino de una medusa macho se une con un óvulo o gameto femenino de una medusa hembra, formándose un cigoto. El cigoto se desarrolla y origina una larva, que puede dar lugar a un pólipo o a una medusa. Las medusas de algunos cnidarios también pueden formar pólipos por gemación.
Una medusa típica se reproduce sexual y asexualmente. En la reproducción sexual, los machos liberan en el agua los espermatozoides y las hembras los óvulos y tiene lugar la fecundación. A partir del cigoto se forma una larva que se fija al sustrato y da lugar a un pólipo. En la reproducción asexual el pólipo se divide para formar una colonia de pólipos que parecen platillos apilados. Cada platillo desarrolla tentáculos y se desprende de la colonia convertido en una medusa, comenzando de nuevo el ciclo.
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GRUPOS DE CNIDARIOS
Los zoólogos dividen el filo Cnidarios en cuatro clases: Hidrozoos (Hydrozoa), Escifozoos (Scyphozoa), Cubozoos (Cubozoa) y Antozoos (Anthozoa). Esta división está basada, principalmente, en la importancia que tienen las fases de pólipo o medusa en el ciclo de vida de cada grupo.
6.1
Hidrozoos
En la clase Hidrozoos, el ciclo de vida típico incluye el estado pólipo asexual y el estado medusa sexual, aunque domina el estado pólipo. Algunas especies carecen del estado medusa. Muchos pólipos hidrozoos se reproducen por gemación hasta formar una colonia de pólipos que se fija a las rocas. Algunos pólipos también son capaces de formar medusas mediante gemación, que son generalmente pequeñas y viven durante un corto periodo de tiempo. Esta clase comprende unas 3.100 especies, incluidas la hidra de agua dulce (que no tiene estado medusa), la carabela portuguesa o los hidroideos coloniales.
6.2
Escifozoos
El estado medusa domina en la mayoría de las aproximadamente 200 especies de escifozoos, los cnidarios que reciben normalmente el nombre común de medusas. Las escifomedusas son grandes y tienen una estructura más compleja que las hidromedusas de vida muy corta. Las escifomedusas viven varios meses o más, reproduciéndose sexualmente para formar pequeños pólipos inconspicuos. La fecundación es interna ya que la hembra transporta a su interior los espermatozoides liberados en el agua por el macho. El cigoto origina una larva que se fija al sustrato y forma un escifistoma, una forma parecida a la hidra. El escifistoma forma una serie de yemas con forma de platillo (efiras), dando lugar a una estructura denominada estróbilo. Las efiras se desprenden y se convierten en medusas.
6.3
Cubozoos
El estado medusa domina en los cnidarios de la clase Cubozoos. Las medusas de los cubozoos se caracterizan porque la sección transversal de la campana es cuadrada, con un tentáculo o grupo de tentáculos que salen de cada esquina del cuadrado. Por esta razón reciben el nombre común de cubomedusas. Los pólipos de los cubozoos son pequeños e inconspicuos y en muchos casos desconocidos. El ciclo vital completo no se conoce con exactitud en la mayoría de las especies. En la especie Tripedalia cystophora, el pólipo produce más pólipos por gemación que se separan y cada uno de ellos se transforma directamente en una medusa.
6.4
Antozoos
En la clase Antozoos no existe el estado medusa. Los antozoos, que reciben por su apariencia el nombre común de animales flores, son pólipos que se reproducen sexualmente, aunque los pólipos de algunas especies también se reproducen asexualmente. Como consecuencia de la reproducción asexual se puede formar una colonia. Hay unas 6.500 especies de antozoos, entre los que se incluyen corales, anémonas de mar o anémonas tubo.
Clasificación científica: los cnidarios constituyen el filo Cnidarios (Cnidaria). El filo se divide en 4 clases: Hidrozoos (Hydrozoa), Escifozoos (Scyphozoa), Cubozoos (Cubozoa) y Antozoos (Anthozoa).

sábado, 19 de noviembre de 2011

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