Los diamantes









La palabra diamante proviene del griego “adamas” que significa invencible, nombre muy apto para la sustancia más dura del planeta. Este mineral es carbono puro y se forma en las profundidades de la Tierra a presiones y temperaturas enormes.
El peso del diamante se mide en quilates y es un 1/5 de gramos; en una onza, unos 28.35 gramos, hay uso 142 quilates.
El extraordinario atractivo de los diamantes de debe a su fulgor. El diamante dispersa la luz como ninguna otra gema, reflejando prodigiosamente los colores del espectro.
Para obtener este brillo la piedra ha de tallarse y pulirse con gran precisión. El experto marca con tinta unas señales según la forma peculiar y la estructura cristalinas de la piedra. Las señales indican que se ha de cortar.

Solo el diamante hiere al diamante
Para cortar el diamante el maestro cortador raya una muesca con otro diamante. Coloca el diamante en un soporte e inserta en la muesca una cuña de acero. Con el golpe seco de una maza el diamante se escinde.
El diamante se sierra mediante un disco de bronce y fósforo, cubierto de polvo de diamante y delgado como una hoja de papel. El disco gira a unas 4,000 revoluciones por minuto y tarda de cuatro a ocho horas en cortar un diamante bruto de un quilate. Luego se pulen y se labran las cars utilizando también polvo de diamante.
En 1866 tuvo lugar en África del Sur el primer gran descubrimiento de diamantes. un niño llevó a su bolsillo un guijarro del rio Orange, que brillaba espléndidamente. Resultó ser un diamante y pesaba cuatro gramos.
Dos años después un pastorcillo encontró en la misma zona una piedra aún más valiosa, y los buscadores de diamante acudieron al reclamo. El pastor cambió su hallazgo por 500 ovejas, 10 bueyes y un caballo. El hombre que adquirió el diamante obtuvo a su vez 11,200 libras esterlinas, pesa media onza, unos 14 gramos, y tallada más tarde en un diamante en forma de pera y pasó a poder de la condesa de Dudley.
La afluencia de los buscadores de diamantes dio lugar a un poblado de cabañas que se llamó Kimberley, en honor del secretario de la colonia británica de aquel tiempo. Algunos de los primeros aventureros enriquecieron en seguida con las piedras preciosas que yacían ostensiblemente en característicos terrenos de arcilla amarilla. Agotados los diamante superficiales, aun quedaban debajo muchos más en un estrato de kimberlita, que los buscadores llamaban “tierra azul”.
Pero, al fin, a los aventureros sucedieron los mineros profesionales, que excavaron profundidades de miles de metros para apoderarse cuanto diamante pudiese haber en el suelo. La primera y simple caza de tesoros se transformó paulatinamente en un rudo trabajo. Actualmente en Kimberley deben remover 1,000 toneladas de terreno para conseguir poco más de una onza de diamante. Pero tan solicitadas son las piedras que ests inmensa remoción de tierra queda compensada económicamente.

jueves, 9 de septiembre de 2010

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