LOS PRIMEROS COLONIZADORES DE AUSTRALIA


Asesinos, amotinados y fugitivos

LOS primeros europeos que llegaron a Australia fueron quizá dos amotina-
dos holandeses
a quienes se abandonó a la deriva en 1629 cerca de la costa occidental. El hecho ocurrió 159 años antes de que los primeros navíos ingleses fondearan en Sydney Cave el 26 de enero de 1788.
En 1628 el mercante holandés Batavia, capitaneado por Francois Pelsaert, zarpó de Holanda en unión de otros barcos de la Compañía de las Indias Orientales que se dirigían al Asia austral. Transportaba un valioso cargamento formado por 12 arcones llenos de oro, plata, joyas y mercancías.
Los barcos se dispersaron durante una tormenta, e inmediatamente antes del amanecer del 4 de junio de 1629, el Batavia chocó contra un arrecife de coral en las islas Wallabi, en el archipiélago Abrolhos, próximo a la costa occidental australiana. Una semana más tarde se deshacía en pedazos.
Su pasaje formado por unas 300 personas, la mayoría aventureros que viajaban a las Indias en busca de fortuna, consiguió llegar hasta dos de las bajas y áridas islas. Se salvó la mayor parte de las provisiones, pero la escasez de agua era apremiante, y Pelsaert, después de buscarla en vano, partió a pedir ayuda en un pequeño bote salvavidas.
Lo acompañaban el patrón del Batavia, el contramaestre mayor, otros oficiales y marineros, dos mujeres y un niño. Después de un azaroso viaje de 2.000 millas y un mes de navegación, llegaron a la actual isla de Java el 5 de julio de 1629.
El gobernador de Batavia (hoy Yakarta) cedió a Pelsaert el yate Sardam para que volviera y salvara a los náufragos.
Pero entretanto en las islas Wallabi, un tripulante del Bataoia, Jerome Cornelius, tomó el mando de los supervivientes que estaban desperdigados en tres islas. Con varios cómplices, Cornelius se propuso apoderarse del barco de rescate y, con los arcones de dinero y las joyas, dedicarse a la piratería.
Quienes no se avinieran serían muertos.
Pero otro grupo de supervivientes, conducidos por un tal Webbye Hayes, habían encontrado agua en una isla lejana y encendieron tres hogueras para informar de su éxito. Ese mismo día, Cornelius organizó una matanza general en la que perdieron brutalmente la vida 125 personas: a unos segaron el cuello, a otros ahogaron y con otros acabaron a hachazos.
Los amotinados se vistieron unos terciopelos bordados en oro y plata y magníficas sedas, y bebieron ron y vino en grandes cantidades. Cornelius, que se nombró a sí mismo capitán general, llevaba una chaqueta roja con ribetes de oro.

El aviso a los fugitivos
Pero no se encontraba seguro y decidió eliminar a Webbye Rayes y sus hombres. Sin embargo, algunos fugitivos de la matanza, que se, habían escapado a nado o en las balsas de madera, alerta ron a Hayes, quien pudo rechazar dos ataques.
Entonces Cornelius trató de negociar un tratado de paz, con el que Hayes se mostró de acuerdo a condición de que le permitieran a él y a sus hombres abandonar la isla. En compensación, accedió a dejar una pequeña embarcación a Cornelius. Este rompió inmediatamente el tratado y envió en secreto cartas a los hombres 'de la isla, persuadiéndoles a que abandonaran a Hayes.
Pero estos hombres mostraron los mensajes a Hayes y cuando Cornelius arribó a la isla con algunos de los suyos, fue atacado y apresado.
Todavía duraba la lucha entre rebeldes y leales cuando Pelsaert llegó en el Sardam. Hayes le avisó y cuando los amotinados trataron de abordar el Sardam, fueron hechos prisioneros.
Cada uno de los insurrectos fue juzgado por los oficiales del Sardam; se les pusieron grilletes y se les sometió a tortura. A Comelius le fueron cortadas ambas manos  y fue ahorcado en la isla de Seal,
Dos de los amotinados, Wouter Loos y un muchacho llamado Jan Pelgrom de By, fueron abandonados a la deriva en un bote. Nunca se volvió a saber de ellos, pero llegó a decirse que habían logrado desembarcar en el continente. Lo cierto es que en la cos- ta occidental de Australia se vieron aborígenes de piel clara, posibles descendientes de los holandeses naufragados.
Se creyó durante muchos años que el lugar donde se hundiera el Batavia correspondía a la punta más alejada de los Abrolhos; pero el pescador Dave Johnson descubrió en 1963 los restos del naufragio, 45 millas al norte del archipiélago.
En las islas, aparecieron bajo el agua monedas, un sello, empuñaduras de espada, llaves, objetos de vidrio y dos macabras reliquias humanas: el hueso de un. tobillo, y un esqueleto con la mandíbula quebrada y con una hendidura en el cráneo, causada sin duda por una espada. 

domingo, 1 de mayo de 2011

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