Las islas más grandes del mundo



Isla volcánica en Nueva Zelanda
El volcán de la isla White se abre a la bahía de Plenty, en el noreste de la isla del Norte neozelandesa. La isla White (en maorí, Whakaari) es la más septentrional de la región volcánica de Taupo y su última erupción tuvo lugar en 1992. Suele verse casi siempre una neblina blanca sobre esta isla volcánica.


Isla, cualquier masa de tierra, de pequeña extensión en comparación con otras, rodeada de agua. Las islas se diferencian de los continentes tanto por su tamaño como por su estructura geológica. La isla más grande es Australia, con una extensión de casi 7,6 millones km2, seguida por Groenlandia, con un área aproximada de 2.175.600 km2. No obstante, Australia suele considerarse, por sus características cuasi continentales, al margen de la concepción clásica que se tiene de isla. Desde el punto de vista biológico, las islas se diferencian de los continentes porque su aislamiento limita el número y la variedad de especies animales y vegetales que se pueden encontrar en ellas; a menudo, dos islas, que se hallan bastante próximas entre sí, tienen una flora y una fauna muy diferente. Los continentes, desde un punto de vista estructural o geológico, difieren mucho de las islas volcánicas, de las coralinas o de las fluviales.
Las islas pueden formarse de maneras muy diferentes. Cuando subió el nivel del mar, como sucedió después de cada uno de los periodos glaciales, las islas se originaron a partir de los que antes eran los picos de las montañas costeras. Este tipo de islas puede verse en Suecia, en las costas de Main al noroeste de los Estados Unidos, en Noruega y al oeste de Escocia. También pueden surgir por un hundimiento, que provoca la separación de masas de tierra, como sucedió en las islas Británicas, en Sicilia y en Japón. Igualmente pueden formarse en las desembocaduras de grandes ríos, o en las zonas en que se generan los deltas. Las islas en los océanos más profundos pueden formarse a raíz del surgimiento de cadenas montañosas suboceánicas y, a menudo, se amplían por la aparición de construcciones de coral; la isla primitiva puede incluso llegar a desaparecer de la superficie, de modo que toda la estructura que hoy se ve se compone sólo de coral. En el Atlántico sur, las islas están relacionadas con las estructuras de plegamiento de grandes cordilleras. Es el caso de los Andes, que ha provocado la emersión de la Isla Grande de Tierra del Fuego, las Orcadas del Sur o las Malvinas. También hay islas oceánicas de origen volcánico entre las que se incluyen Islandia, las pequeñas y grandes Antillas, las Azores, las Canarias y las islas Hawaii.
Las diez islas más grandes del mundo (además de Australia), son : Groenlandia (2.175.600 km2), Nueva Guinea (828.800 km2), Borneo (743.325 km2), Madagascar (587.041 km2), Tierra de Baffin (507.451 km2), Sumatra (425.150 km2), Honshū (230.988 km2), Gran Bretaña (229.983 km2), Victoria (217.290 km2) y la isla de Ellesmere (196.236 km2).


Las islas más grandes del mundo

ISLA
SUPERFICIE EN KM2
Groenlandia (Dinamarca)
2.175.600
Nueva Guinea (Indonesia y Papúa-Nueva Guinea)
828.800
Borneo (Indonesia, Malaysia y Brunei)
743.325
Madagascar
587.041
Tierra de Baffin (Canadá)
507.451
Sumatra (Indonesia)
425.150
Honsh? (Japón)
230.988
Gran Bretaña
229.983
Victoria (Canadá)
217.290
Ellesmere (Canadá)
196.236


sábado, 19 de febrero de 2011

La asombrosa Lluvia radiactiva



Lluvia radiactiva, deposición de partículas radiactivas, liberadas en la atmósfera por explosiones nucleares o escapes de instalaciones y centrales nucleares, sobre la superficie de la Tierra (véase Energía nuclear; Armas nucleares; Radiactividad). El interés de la opinión pública se ha centrado sobre todo en los efectos de la lluvia radiactiva desde el periodo de las pruebas nucleares atmosféricas a gran escala realizadas en la década de 1950 y comienzos de la de 1960. Se hicieron alegatos sobre sus efectos dañinos durante muchos años, pero hasta 1984 no se adoptó una decisión trascendental, cuando un juez federal de Utah dictaminó que 10 personas habían enfermado de cáncer debido a la negligencia del gobierno en lo referente a la exposición de los ciudadanos a la lluvia radiactiva en aquel estado. En 1985 el Tribunal de apelación de pensiones de Inglaterra y Gales llegó a una conclusión similar en el caso de un veterano de las pruebas nucleares británicas en las islas Christmas durante la década de 1950.
Desde la firma del tratado de limitación de pruebas nucleares en 1963, los niveles de lluvia radiactiva han disminuido en todo el mundo (véase Control internacional de armas). El accidente nuclear de Chernóbil produjo cierta cantidad de lluvia radiactiva.
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MECANISMO
El material del que se compone la lluvia radiactiva se produce por fisión nuclear y por la activación del suelo, el aire, el agua y otros materiales en las inmediaciones del lugar de la detonación (véase Átomo).
Las partículas radiactivas individuales son invisibles, y tan ligeras que podrían dar vueltas una y otra vez en torno al planeta sin llegar a descender a la superficie. No obstante, esta situación sólo se daría si una bomba nuclear fuera detonada a una distancia considerable de la atmósfera. Cuando un arma nuclear es detonada cerca de la superficie terrestre, la violencia de la explosión pulveriza ingentes cantidades de material, que en buena parte es absorbido hacia la bola de fuego y por tanto hacia la masa caliente que se eleva formando la característica nube en forma de hongo. En el interior de la bola de fuego y en el tallo de la nube de la bomba, las partículas radiactivas se adhieren a partículas más pesadas, que actúan como lastre.
Las partículas de materia de mayor masa caen de vuelta a la Tierra en cuestión de minutos, formando una lluvia radiactiva muy localizada. Las partículas de masa menor, pero fácilmente visibles, arrastradas por el viento, caen a la superficie terrestre al cabo de varias horas, y reciben el nombre de lluvia radiactiva local. La naturaleza y extensión de ésta dependen del tipo y potencia de la explosión, de la altitud de la detonación y de la velocidad y dirección del viento.
Las partículas microscópicas permanecen suspendidas durante periodos más largos. Si la explosión es de escasa potencia o de potencia media, la nube de la bomba puede no alcanzar la tropopausa, es decir, la capa atmosférica situada entre la troposfera y la estratosfera. En casos así, se produce la llamada lluvia radiactiva troposférica, y los fragmentos de la bomba se desplazan en torno a la Tierra siguiendo la latitud donde se produjo la detonación, cayendo a la superficie cuando la lluvia y otras formas de precipitación arrastran la materia extraña de la atmósfera.
Si la potencia de la explosión es suficiente como para introducir residuos de la bomba en la estratosfera, muchas de las partículas pequeñas permanecen en ella, y quedan sometidas a la acción de los vientos estratosféricos. La lluvia producida en este caso recibe el nombre de lluvia atómica estratosférica o global. Dado que en la estratosfera no existen precipitaciones, estas partículas permanecen en suspensión durante considerables periodos. Se dispersan horizontalmente, por lo que algunas partículas, tras haber dado varias vueltas al planeta, acaban distribuidas por toda la estratosfera. La mezcla vertical, sobre todo en las regiones polares en invierno y a comienzos de la primavera, devuelve el material a la troposfera, donde se comporta como la lluvia radiactiva troposférica.
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PERSISTENCIA DE LA LLUVIA RADIACTIVA
Las partículas producidas por la fisión de átomos de uranio o plutonio y los materiales activados por los neutrones constituyen unos 300 isótopos radiactivos diferentes (véase Isótopo). Cada radioisótopo se caracteriza por su vida media, es decir, el tiempo necesario para que la mitad de la materia radiactiva se desintegre espontáneamente. En el plazo de una hora tras la explosión, la mayor parte de las sustancias de vida muy corta, es decir aquellas cuya vida media se mide en segundos y minutos, se desintegran, y la radiactividad total producida por la bomba disminuye en un factor superior a cien.
Transcurrida la primera hora, la radiactividad remanente se disipa a un ritmo cada vez menor. Los productos de vida más larga de la fisión son los que producen la mayor parte de la radiactividad residual. Unos pocos productos de la fisión tienen una vida muy larga; por ejemplo, el radioisótopo estroncio 90 (símbolo 90Sr), también llamado radioestroncio, tiene una vida media de 28 años. Estas partículas de vida larga son la causa del riesgo radiactivo a largo plazo.
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EFECTOS BIOLÓGICOS DE LA LLUVIA RADIACTIVA GLOBAL
La retención a largo plazo de residuos radiactivos en la atmósfera permite que algunos de los productos de vida corta se disipen en la atmósfera. En el caso de la lluvia radiactiva troposférica, se produce cierto grado de desintegración radiactiva en la atmósfera, lo que reduce algo la dosis de radiactividad a la que se ve expuesta la superficie de la Tierra.
Con todo, los radioisótopos de vida larga, como el 90Sr, no se desintegran apreciablemente durante el tiempo que permanecen en la estratosfera, y por tanto, pueden seguir siendo un riesgo potencial durante muchos años, sobre todo a través de los alimentos contaminados y destinados al consumo humano. Véase Efectos biológicos de la radiación.
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Estroncio 90
El estroncio radiactivo se comporta, químicamente, de forma similar al calcio, incluyendo su incorporación a los huesos humanos. La mayor parte de los organismos prefieren el calcio al estroncio; por lo tanto, la cantidad de 90Sr absorbido por las raíces de las plantas y por los animales depende de la disponibilidad de calcio. Cuando el 90Sr se deposita directamente sobre las plantas durante la lluvia radiactiva, no obstante, las plantas absorben más cantidad de éste que si sólo lo hubieran hecho a través de las raíces y, por tanto, transmiten más 90Sr a los animales y al ser humano. Además, aunque la leche se usa como indicador del contenido en 90Sr de los alimentos, debido a que contiene mucho calcio, el cuerpo humano absorbe menos 90Sr de la leche que de otros alimentos con menor contenido en calcio. La mayor parte del resto de alimentos proceden de una serie de áreas geográficas con tasas variables de deposición por lluvia radiactiva y de acumulación en el suelo de 90Sr. Este hecho, junto con las diferencias según los periodos de crecimiento y los tipos de suelos, produce niveles de 90Sr en la dieta, en relación con el calcio, inferiores en algunas áreas y superiores en otras a los que cabría esperar sobre la base de la cantidad de lluvia radiactiva.
Cuando el 90Sr penetra en el organismo, parte es excretado y el resto se deposita en el tejido óseo nuevo junto con el calcio. En los huesos jóvenes, el 90Sr y el calcio son reemplazados sin cesar al ir creciendo el hueso. En los huesos adultos la sustitución es escasa; se deposita poco 90Sr y su eliminación es muy lenta. La cantidad de 90Sr que permanece en el hueso depende de las cantidades de 90Sr y calcio ingeridos con la dieta durante los periodos de crecimiento óseo. El largo tiempo de retención del 90Sr en el hueso es la base de su peligrosidad potencial. En experimentos realizados con animales, y en casos de envenenamiento humano, en los que se depositan en los huesos cantidades suficientes de materias radiactivas, se detecta mayor incidencia de leucemia y cáncer. Los niveles actuales de 90Sr en los seres humanos son, con mucho, excesivamente bajos para que se detecten tales efectos.
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Otros radioisótopos
Aunque el yodo 131, un isótopo radiactivo, tiene una vida muy corta (vida media, ocho días), es una de las fuentes potencialmente importantes de exposición interna a las radiaciones, debido a que se concentra en la glándula tiroides. Poco tiempo después de un accidente o explosión nucleares, la hierba contaminada con yodo 131 es consumida por las vacas; el isótopo aparece rápidamente en la leche. Debido a que la leche suele consumirse pocos días después de su producción, la gente puede consumir cantidades significativas de yodo 131 sin darse cuenta. Otros alimentos suelen consumirse transcurrido un intervalo más largo, por lo que la radiactividad ha disminuido apreciablemente. Cuando se acumulan cantidades significativas de yodo radiactivo en el tiroides, se produce un aumento en la incidencia del cáncer de tiroides; hasta la fecha, los niveles acumulados debido a la lluvia radiactiva son demasiado bajos, o la exposición a ellos demasiado reciente, como para que se detecte tal efecto.
El cesio 137, que tiene una vida media de 30 años, se incorpora también a la red alimentaria y penetra, por lo tanto, en el organismo humano. Como el potasio, al que químicamente se parece, se dispersa por todo el cuerpo, irradiándolo. No obstante, el cesio radiactivo sólo permanece en el organismo unos pocos meses. El carbono 14, que tiene una vida media de 5.760 años, se produce sobre todo por activación de los átomos de nitrógeno del aire durante las detonaciones nucleares. También se produce de forma continua y natural por acción de los rayos cósmicos. Desciende a la superficie de la Tierra en forma de dióxido de carbono, y como tal es absorbido por las plantas, distribuyéndose por último en toda la materia orgánica. El carbono radiactivo, es pues otro radioisótopo que irradia la totalidad del organismo. El cesio 137, el carbono 14, y los isótopos depositados en la Tierra que irradian el organismo desde el exterior, contribuyen a la dosis total de irradiación corporal. Esta irradiación es un riesgo genético en potencia, y también afecta al organismo en sí.
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EFECTOS GENÉTICOS DE LA LLUVIA RADIACTIVA
A la hora de evaluar los efectos a largo plazo de la lluvia radiactiva, es esencial considerar los efectos genéticos de la radiación (véase Genética). La radiación puede producir mutaciones, es decir, cambios genéticos en las células reproductoras que transmiten las características heredadas de una generación a la siguiente. Casi todas las mutaciones inducidas por las radiaciones son dañinas, y sus efectos nocivos persisten en sucesivas generaciones.
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RIESGOS POTENCIALES
La evaluación de los riesgos potenciales de la radiación procedente de la lluvia radiactiva implica en gran medida las mismas consideraciones que otros riesgos que afectan a grandes poblaciones. Estas evaluaciones son complejas y están relacionadas con posibles beneficios y otros riesgos. En el caso de la lluvia radiactiva, el riego potencial es global e implica múltiples incertidumbres relacionadas con las dosis de irradiación y sus efectos; la cambiante situación internacional debe ser evaluada continuamente.
El riesgo que representaría la lluvia radiactiva en una guerra nuclear sería mucho más serio que en una prueba nuclear. Habría que considerar los efectos letales inmediatos, así como los efectos a largo plazo. Los estudios de este tipo han llevado a la construcción de refugios nucleares como parte de los planes de defensa civil. Se están desarrollando sistemas para descontaminar el agua, el suelo y los alimentos con el fin de combatir los posibles efectos de la lluvia radiactiva durante y después de un ataque nuclear. Muchas investigaciones independientes, no obstante, sugieren que incluso aunque algunos seres humanos sobrevivieran a una guerra nuclear a gran escala y al probable invierno nuclear, la contaminación del medio ambiente haría prácticamente imposible para los supervivientes escapar a los efectos de la radiación, ya fuera por exposición directa o indirecta a ella. La esterilidad podría ser uno de los problemas que surgieran como consecuencia de esa exposición.
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RIESGOS DE LAS CENTRALES NUCLEARES
El creciente empleo de la energía nuclear como fuente de energía plantea ciertos problemas relacionados con el control de los riesgos radiactivos. Los productos de la fisión controlada empleada en los reactores son peligrosos para el medio ambiente y la salud si se liberan en grandes cantidades, como ocurrió en Chernóbil en 1986. En caso de producirse un accidente en una central con liberación de sustancias radiactivas, la Tierra podría quedar contaminada en muchos kilómetros a la redonda. Para impedir esto, los ingenieros nucleares diseñan los sistemas intentando minimizar el riesgo de fugas accidentales.


La increíble gravitación universal: Newton y Einstein


La gravitación universal: Newton y Einstein
Murray Gell-Mann, premio Nobel de Física en 1969, fue el descubridor del quark, partícula del átomo de la que están formadas todas las partículas. De su obra El quark y el jaguar, que subtitula “Aventuras en lo simple y lo complejo”, extraemos un fragmento de su capítulo 7, “La empresa científica”, sobre la ley de gravitación de Isaac Newton y la teoría de la relatividad de Albert Einstein.
Fragmento de El quark y el jaguar.
De Murray Gell-Mann.
La gravitación universal: Newton y Einstein.
La gravitación constituye otro caso extraordinario de ley universal. Isaac Newton elaboró la primera versión, seguida dos siglos y medio después por otra más exacta, la teoría de la relatividad general de Albert Einstein.
Newton tuvo su brillante intuición sobre la universalidad de la gravitación a la edad de veintitrés años. En 1665 la Universidad de Cambridge se vio obligada a cerrar sus puertas debido a la peste, y Newton, licenciado de nuevo cuño, regresó a la casa de su familia en Woolsthorpe, Lincolnshire. Allí, entre 1665 y 1669, comenzó a desarrollar el cálculo diferencial e integral, así como la ley de la gravitación y sus tres leyes del movimiento. Además, llevó a cabo el famoso experimento de la descomposición de la luz blanca en los colores del arco iris por medio de un prisma. Cada uno de estos trabajos representó por sí solo un hito, y aunque a los historiadores de la ciencia les gusta recalcar que Newton no los completó en un único annus mirabilis, admiten que dio un buen impulso a todos ellos en ese período de tiempo. Como le gusta decir a mi esposa, la poetisa Marcia Southwick, sin duda podría haber escrito una redacción impresionante sobre el tema «Qué he hecho en mis vacaciones de verano».
La leyenda relaciona el descubrimiento de Newton de una ley universal de la gravitación con la caída de una manzana. ¿Sucedió realmente dicho episodio? Los historiadores de la ciencia no están seguros, pero no rechazan completamente esta posibilidad, pues hay cuatro fuentes distintas que hacen referencia al mismo. Una de ellas es la versión del historiador Conduitt:
«En 1666 se retiró de nuevo... a su casa natal en Lincolnshire y, mientras estaba descansando en un jardín, se le ocurrió que la fuerza de la gravedad (que hace caer al suelo las manzanas que cuelgan del árbol) no estaba limitada a una cierta distancia desde la superficie de la Tierra, sino que podría extenderse mucho más lejos de lo que se pensaba. ¿Por qué no tan lejos como la Luna?, se dijo, y si así fuese tal vez podría influir en su movimiento y retenerla en su órbita. Inmediatamente comenzó a calcular cuáles serían las consecuencias de esta suposición, pero como no tenía libros a mano, empleó la estimación en uso entre geógrafos y marinos desde que Norwood había establecido que un grado de latitud sobre la superficie de la Tierra comprende 60 millas inglesas. Con esta aproximación sus cálculos no concordaban con su teoría. Este fracaso le llevó a considerar la idea de que, junto con la fuerza de gravedad, podría superponerse la que la Luna experimentaría si se viese arrastrada en un vórtice...»
En esta narración de los hechos pueden verse en acción algunos de los procesos que de vez en cuando tienen lugar en la vida de un científico teórico. Una idea le asalta a uno repentinamente. La idea hace posible la conexión entre dos conjuntos de fenómenos que antes se creían separados. Se formula entonces una teoría, algunas de cuyas consecuencias pueden predecirse; en física, el teórico «deja caer un cálculo» para determinarlas. Las predicciones pueden no estar de acuerdo con la experiencia, incluso aunque la teoría sea correcta, ya sea porque haya un error en las observaciones previas (como en el caso de Newton), ya sea porque el teórico haya cometido un error conceptual o matemático al aplicar la teoría. En este caso, el teórico puede modificar la teoría correcta (simple y elegante) y elaborar otra, más complicada, remendada a fin de acomodar el error. ¡Observemos el fragmento final de la cita de Conduitt sobre la peregrina fuerza de «vórtice» que Newton pensó añadir a la fuerza de gravedad!
Finalmente, las discrepancias entre teoría y observación se resolvieron y la teoría de la gravitación universal de Newton fue aceptada hasta su sustitución en 1915 por la teoría de la relatividad general de Einstein, que concuerda con la de Newton en el dominio en que todos los cuerpos se mueven muy lentamente en comparación con la velocidad de la luz. En el sistema solar, los planetas y satélites viajan a velocidades del orden de decenas de kilómetros por segundo, mientras que la velocidad de la luz es de alrededor de 300.000 kilómetros por segundo. Las correcciones einsteinianas de la teoría de Newton son pues prácticamente inapreciables, y sólo pueden detectarse en un número muy reducido de observaciones. La teoría de Einstein ha superado todas las pruebas a las que ha sido sometida.
El reemplazo de una teoría excelente por otra aún mejor ha sido descrito de modo particular en el libro de Thomas Kuhn La estructura de las revoluciones científicas, cuyo punto de vista ha ejercido una enorme influencia. Este autor presta especial atención a los «cambios de paradigma», usando la palabra «paradigma» en un sentido bastante especial (¡podría decirse que abusando de ella!). Su tratamiento enfatiza los cambios que, en cuestiones de principio, se producen al imponerse una teoría mejorada.
En el caso de la gravitación, Khun podría señalar el hecho de que la teoría newtoniana hace uso de la «acción a distancia», es decir, de una fuerza gravitatoria que actúa instantáneamente, mientras que en la teoría einsteniana la interacción gravitatoria se propaga a la velocidad de la luz, al igual que la interacción electromagnética. En la teoría no relativista de Newton, el espacio y el tiempo se consideran separados y absolutos, y la gravedad no está relacionada en forma alguna con la geometría; por su parte, en la teoría de Einstein, el espacio y el tiempo se confunden (como ocurre siempre en la física relativista) y la gravedad se halla íntimamente relacionada con la geometría del espacio-tiempo. La relatividad general, a diferencia de la gravitación newtoniana, está fundamentada en el principio de equivalencia: es imposible distinguir localmente entre un campo gravitatorio y un sistema de referencia uniformemente acelerado (como un ascensor). Lo único que un observador puede percibir o medir localmente es la diferencia entre su aceleración propia y la aceleración local debida a la gravedad.
La interpretación basada en el cambio de paradigma se centra en las profundas diferencias filosóficas y de lenguaje entre la teoría antigua y la nueva. Kuhn no subraya el hecho (aunque, por supuesto, lo menciona) de que la vieja teoría puede proporcionar una aproximación suficientemente válida para realizar cálculos y predicciones dentro del dominio para el que fue desarrollada (en este caso sería el límite de velocidades relativas muy bajas). Sin embargo, me gustaría destacar esta característica, pues en la competencia entre esquemas en el marco de la empresa científica, el triunfo de un esquema sobre otro no implica necesariamente que el anterior sea abandonado y olvidado. De hecho, al final puede ser utilizado con mucha mayor frecuencia que su más preciso y sofisticado sucesor. Eso es lo que pasa ciertamente con las mecánicas newtoniana y einsteniana restringidas al sistema solar. La victoria en la pugna entre teorías científicas competidoras puede ser más una cuestión de degradación de la teoría antigua y promoción de la nueva que de muerte de la teoría desbancada. (Ni que decir tiene que a menudo la vieja teoría pierde todo valor, y entonces sólo los historiadores de la ciencia se molestan en discutir sobre ella.)
La ecuación de Einstein para la relatividad general

Gµv = 8 KTµv
representa para la gravitación lo que las ecuaciones de Maxwell para el electromagnetismo. El lado izquierdo de la ecuación hace referencia a la curvatura del espacio-tiempo (al campo gravitatorio), y el lado derecho a la densidad de energía, etc., de todo lo que no es campo gravitatorio. Expresa en una única y pequeña fórmula las características universales de los campos gravitatorios en todo el cosmos. A partir de las masas, las posiciones y las velocidades de todas las partículas materiales, puede calcularse el campo gravitatorio (y por lo tanto el efecto de la gravitación sobre el movimiento de un cuerpo de prueba) sea cual sea el lugar y momento. Es éste un esquema particularmente poderoso, que resume en un breve mensaje las propiedades generales de la gravedad en cualquier lugar.
Un crítico podría exigir de nuevo que incluyéramos como parte del esquema no sólo la fórmula, sino también una explicación de los símbolos que la componen. Mi padre, un abogado culto que batalló por comprender la teoría de Einstein, solía decir: «Mira qué simple y hermosa es esta teoría, pero ¿qué significan Tµv y Gµv?» Como en el caso del electromagnetismo, aunque se tenga que incluir todo un curso de matemáticas dentro del esquema, la ecuación de Einstein seguirá siendo un prodigio de compresión, puesto que describe el comportamiento de todos los campos gravitatorios dondequiera que se encuentren. El esquema será todavía extraordinariamente pequeño, y su complejidad muy baja. La teoría de la relatividad general de Einstein para la gravedad es, pues, simple.
Fuente: Gell-Mann, Murray. El quark y el jaguar. Traducción de Ambrosio García y Romualdo Pastor. Barcelona: Tusquets Editores, 1995.


El asombroso K2 o Godwin Austen



K2
Con sus 8.611 metros de altitud, el K2 es la principal cumbre del Karakorum y la segunda cima más alta de la Tierra, después del Everest. Fue escalado por vez primera en 1954; los encargados de tal gesta fueron los escaladores italianos Achille Compagnoni y Lino Lacedelli.


K2 o Godwin Austen, pico de la cordillera Karakorum del oeste del Himalaya. Está situado en la frontera de China y Cachemira, en un territorio reclamado por India y Pakistán. Actualmente Pakistán controla la zona donde se encuentra el K2. Tiene una elevación de 8.611 m, por lo que se le considera la segunda montaña más alta del mundo después del monte Everest (8.848 m), también en el Himalaya. El K2 es un cono casi perfecto de hielo y piedra caliza que descansa sobre una base de granito. En 1856, T. G. Montgomerie, del Instituto de Medición de la India, midió la montaña y la llamó ‘K2’, además de clasificarla como la segunda de una lista de 35 cimas de la cordillera Karakorum. En 1861 fue oficialmente denominado monte Godwin-Austen por el soldado y topógrafo británico Henry Haversham Godwin-Austen, el segundo europeo que exploró esta zona. Algunos de los nombres locales usados para identificar la montaña son Chogori, Lambha Pahar, Dapsang y Kechu (K2). Entre 1892 y 1954 se hicieron ocho expediciones al K2. El 31 de julio de 1954, Achille Compagnoni y Lino Lacedelli, dos miembros de la expedición italiana encabezada por Ardito Desio, alcanzaron por primera vez con éxito la cima de esta montaña.


El asombroso Iztaccíhuatl


Iztaccíhuatl
El extinto volcán Iztaccíhuatl se alza en la sierra Nevada mexicana, a 70 km al sureste de la ciudad de México. Constituye la tercera mayor elevación del país. Su nombre le fue dado por los aztecas, que habitaron esta zona entre los siglos XIV y XVI, y presenta una forma que recuerda al cuerpo de una mujer, con tres eminencias que corresponderían a la cabeza, al pecho y a los pies.

Iztaccíhuatl (del náhuatl, 'mujer blanca' o 'mujer dormida'), montaña volcánica inactiva ubicada en el centro de México, cerca de la ciudad de México, en los límites de los estados de México y Puebla, y junto al volcán Popocatépetl. Tiene tres cumbres, de las que la central es la más alta (5.386 m); es además la tercera elevación del país y tiene una longitud de 7 km. Sus cimas están permanentemente cubiertas de nieve y no cuenta con cráteres; sus laderas están cubiertas por bosques de coníferas y otras variedades de árboles, y desde la ciudad de México la montaña parece una figura femenina recostada; por ello, Iztaccíhuatl es popularmente conocida como 'la mujer dormida'. El paso entre el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl fue la ruta a través de la cual las fuerzas españolas e indígenas al mando de Hernán Cortés llegaron en 1519 a la gran Tenochtitlán (actualmente la ciudad de México).


a U r t H�1 �21 parece por lo tanto fructuosa. Pero las células comienzan a morir. Si hubieran estado infectadas por el HTLV, tendrían por el contrario que multiplicarse indefinidamente y dar nacimiento a lo que se denomina un cultivo «inmortal». Debe por lo tanto tratarse de una variante de ese virus que infecta las células sin «inmortalizarlas». En todo caso, esos resultados son compatibles con el cuadro que entonces se tiene del virus: tenemos un retrovirus capaz de multiplicarse en las células de los ganglios linfáticos y quizá de matarlos a la larga. En esa fase, debemos intentar propagar el virus en otros linfocitos a fin de caracterizarlo y compararlo con el virus HTLV de Gallo. Informo a estos colegas clínicos de estos primeros resultados, pero con prudencia.
Si ese virus es un HTLV, debe desarrollarse en linfocitos T normales. Me pongo en comunicación por lo tanto con mi colega André Eyquem, que dirige entonces el centro de transfusión del Instituto Pasteur, para que me envíe una muestra de sangre fresca. Los linfocitos de un donante, un español de paso que se presenta ese mismo día, demuestran ser excelentes. Los mezclamos con lo que queda de los linfocitos de BRU. Al cabo de algunos días, el cultivo da sus frutos y el virus se propaga de nuevo. ¿Puede darse en todos los donantes de sangre? ¡No lo sabemos en absoluto! Por precaución, le ruego a André Eyquem que me siga proporcionando sangre de nuestro español. Pero éste ha regresado a su país y no hay manera de encontrarlo. Hacemos entonces algunas tentativas con linfocitos de otros donantes, procedentes en particular de recién nacidos. Pero el virus se multiplica sin transformar jamás las células. Anoto con cuidado todos nuestros resultados en un cuaderno rojo, el mismo del que me he servido desde 1977 en la investigación de retrovirus en cánceres humanos. En la página BRU escribo «al fin», al fin algo sólido.
¿Tiene este virus alguna relación con el HTLV? Para saberlo, necesitamos reactivos específicos de este último. No hay manera de encontrar a Robert Gallo por teléfono. Sólo queda una solución: escribirle y confiar la carta a Jacques Leibowitch que tiene que salir para el NIH a fin de reunirse con Gallo y discutir acerca de la hipótesis HTLV. En esa carta, llamo la atención de Gallo sobre el hecho de que hemos aislado un retrovirus en un enfermo que presenta un síndrome linfoproliferativo, pero no menciono el SIDA y le ruego que me envíe los reactivos del HTLV para poder comparar la serología de los dos virus. Esta práctica de intercambio es muy corriente en el ámbito de la investigación y el método resulta ideal a la hora de identificar un virus: sólo reacciona con el anticuerpo que le es específico. Si los reactivos del HTLV no dan ningún resultado, tendremos la seguridad de que nos enfrentamos con un nuevo virus. Gallo nos envía enseguida los reactivos solicitados, por un lado anticuerpos que reconocen específicamente ese virus y por otro células infectadas por el HTLV, que, al llegar en un estado lamentable, nos inducen al error. Efectivamente, Jean-Claude Chermann y sus colaboradores observan que el suero de BRU reconoce las células que producen en HTLV: por lo tanto parece que BRU ha estado en contacto con un virus de ese tipo. De hecho, esa reacción se debe solamente al mal estado de las células; no se producirá después en células en buen estado.
Por mi parte, obtengo un resultado muy distinto con una de mis fieles colaboradoras, Sophie Chamaret. Éste indica que el virus no tiene ninguna relación con el HTLV, porque su proteína interna no reacciona con los anticuerpos dirigidos contra la proteína interna p24 del HTLV. J.-C. Chermann y su colaboradora Marie-Thérèse Nugeyre obtienen un resultado idéntico utilizando una técnica diferente. Si las diferencias en lo que se refiere a las proteínas internas resultan tan importantes, eso indica que los virus son en sí muy diferentes. Todos los retrovirus tienen en efecto un árbol genealógico común que ha mostrado sus divergencias con el paso del tiempo. Algunos de sus constituyentes varían más que otros: es el caso en general de las envolturas. Por el contrario, las proteínas internas cambian mucho menos: en el seno de una misma familia de virus, poseen los mismos determinantes reconocidos por los anticuerpos contra el virus.
Nuestra excitación, a partir de ese momento, se intensifica. Va aumentando la sensación de que ese nuevo retrovirus podría ser el origen del SIDA. A enfermedad nueva, agente nuevo, pensamos. Pero queda mucho por hacer. En particular hay que ver el virus y demostrar que está asociado realmente con el SIDA aislándolo en distintos pacientes y detectando en ellos anticuerpos contra el virus.
Fuente: Montagnier, Luc. Sobre virus y hombres. La carrera contra el SIDA. Traducción de César Vidal Manzanares. Barcelona: Círculo de Lectores, 1995.




La asombrosa Historia de Tegucigalpa


Historia de Tegucigalpa
Pese a que la fecha oficial que se da para la fundación de Tegucigalpa es 1578, conviene recordar que los pueblos indígenas presentes en la zona fundaron con anterioridad a la llegada de los españoles una localidad conocida como Tisingal. Las razones del protagonismo que tuvo desde sus orígenes la capital hondureña están explicadas en el propio nombre que los conquistadores dieron al asentamiento, pues Tegucigalpa puede traducirse como “montaña de plata”, pues muchos eran los yacimientos de ese metal existentes en los cerros circundantes.
Fragmento de Guía de Tegucigalpa.
Historia de Tegucigalpa
En el corazón de Honduras, se levanta la bella y acogedora ciudad de Tegucigalpa, capital de la República, fundada por los españoles el 29 de septiembre de 1578, con el nombre de «Real de Minas de San Miguel de Tegucigalpa».
Rodeada de altos picachos y unida por redes de carreteras con las principales ciudades del país, sobre cerro Sapusuca, hoy llamado Picacho, a cuatro kilómetros del Aeropuerto Internacional de Toncontín.
Asentada en las faldas de El Picacho, a una altura de 3.100 pies (945 metros) sobre el nivel del mar, goza de un maravilloso clima que nunca llega a extremos de desesperante calor ni a insoportable frío, su topografía es muy irregular, sus calles parimentadas son estrechas y quebradas en algunos sectores, lo que le da un aspecto auténticamente colonial. Tegucigalpa forma con la ciudad de Comayagüela, de la cual está separada por el Río Grande o Choluteca, la Capital de la República.
El doctor Antonio R. Vallejo, notable historiador hondureño, nos deja ver en algunos de sus estudios que Tegucigalpa comenzó a poblarse en la explanada que se extiende desde La Plazuela hacia el lugar donde actualmente se levanta el Palacio Nacional. Esto quiere decir que su límite norte sería la calle de la Ronda; el sur, los Altos de la Hoya y los ríos Choluteca y Oro o Chiquito; al poniente, los «Naboríos de los Indios» cuya iglesia era la Ermita de el Calvario y, al oriente, el mismo Barrio la Plazuela. El sector de el Guanacaste comenzó a poblarse a mediados del siglo xviii, y La Leona, ya muy entrada la segunda mitad del siglo xix.
Como en todas las ciudades coloniales, en Tegucigalpa se levantaron las casas de los principales moradores cerca de la Plaza Mayor o de la Parroquia. Rozando las faldas del cerro Supusuca, corría hacia el oeste la calle de la Ronda y una cuadra más al sur del Convento de San Francisco, siguiendo el mismo rumbo, la calle de la Amargura que pasa por la iglesia de San Sebastián y termina en los Naboríos. Por su angosto pavimento de puntiagudas y lustrosas piedras azuladas, pasaba la procesión de Viernes Santo, durante la cual, caldeadas por el sol del mediodía, rezaban devotamente las mujeres mientras los frailes entonaban las lamentaciones de el Vía Crucis; la otra calle, la del Resucitado, corría como ahora paralela al costado norte de la Parroquia, mientras la calle de la Plazuela venía desde los actuales Altos de la Moncada.
Una cuadra hacia el sur de la Plaza Mayor estaba el Convento y la Iglesia de la Merced, cuya placita abundaba en atractivos durante las fiestas que, en honor de la Virgen de Mercedes, organizaban varios gremios de la población y sus alrededores.
Construcciones de adobe o de bajareque (cañas y tierra) formaban las angostas callejas transversales, las cuales, entrada la noche, se poblaban de silencios y misterios; la luna plácida era el fanal obligado que alumbraba cauteloso el rostro de las vírgenes a través de rejas de viejos hierros retorcidos, y los suspiros de los galanes se perdían como los recuerdos en el recoveco de las callejuelas solitarias. Nadie cruzaba por la plaza más allá del toque de oración; quizá algún vagabundo perdido entre la densas nubes del alcohol se atrevía a trasnochar; quizá un arrogante caballero se lanzaba alguna vez en pos de una aventura tejida entre romances y ensueños; sólo el «sereno» desafiaba impertérrito el curso continuado de las horas, durante los crudos inviernos o en las noches tibias y tranquilas del verano.
En los días de fiesta, los domingos, la Plaza Mayor cobraba inusitada alegría, porque entonces los «achines» (buhoneros) tendían sus manteados a la vera de los anchos aleros para vender baratijas y novenas de santos milagrosos, además de dulces y polvorones amasados por hábiles manos femeninas. Después de la misa, cuando el cura echaba la bendición final, las doncellas salían con recato, esquivando las ardientes miradas de sus pretendientes; y las indias hermosas, de tez rosada y torneadas pantorrillas, lucían sus «chales» de vistosos colores contrastando con las negras mantillas de las damas de la sociedad.
En la fiesta patronal se quemaba pólvora, se cantaban los Ave Marías a la puerta de la Iglesia y había retreta; salía San Miguel Arcángel a mirar a su querida Tegucigalpa y se entonaban «Salves» en las casas de los ricos, levantadas con el trabajo y la fatiga de los esclavos. Por las tardes se reunían en alguna casa principal los jubilados, en amables tertulias. Allí se comentaban los sucesos importantes que era casi siempre chismes y diretes enderezados contra el Alcalde o contra alguna dama de encopetada familia; no se leía la prensa, porque no existía, y así pasaban los días tranquilos, sin tumultos, sin esa nerviosidad moderna que deja poco tiempo para gozar de las cosas sencillas, llenas de sabor de los pueblos de antaño. Los días de semana pasaban monótonos; la mayor parte de la gente estaba en sus «chácaras» o en los «ingenios» de sus minas de oro y plata. Estos eran tan ricos y productivos que el Rey ordenó una «Casa de Rescates» allá por 1768, nombrando como primer administrador a don Joaquín de la población, donde está situada actualmente la Tipografía Nacional.
Después de consagrada la Iglesia Parroquial de San Miguel Arcángel, el cura don Juan Francisco Márquez levantó la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores por el año 1782, aumentando a cinco el número de templos.
Poco a poco la población fue creciendo; los años se deslizan, termina el siglo xviii y se recibe con júbilo el xix; los habitantes se multiplican; se comienzan a construir nuevas calles y vecinos ricos dejan La Ronda para construir en las afueras, la población crece y crece; ya los “naboríos de los indios» se están poblando de ladinos (que hablan castellano); hay un monumental puente de piedra que une a Tegucigalpa con Comayagüela comenzando perfilarse como Villa de calles rectas y anchas. Surge una Universidad, varias escuelas y un Hospital; las tertulias se hacen todos los días; se leen periódicos y se comentan las opiniones de los; el comentario ya no es contra el Alcalde, dama de encumbrado abolengo; ahora los hombres son ciudadanos y hablan de política. Algunos holgazanes en estériles discusiones pierden su tiempo mientras su tierra sigue árida y las minas no producen.
Pero la vida pasa de prisa; el hombre de los negocios y el obrero trabajan sin descanso y el campesino siembra su futuro; aparece el ruido de los automóviles y máquinas y se oye la música de radios, y teatros y películas. La ciudad se transforma y Tegucigalpa aprisiona pendiente de los montes y se extiende, se extiende...
Entre palacios de piedra rosada y verde y entre el perfil de la moderna arquitectura que ambiciona los espacios, que pasados dan como una reliquia de los tiempos pasados, las casonas de aleros anchos y mugrientos, sus conventos transformados, los viejos templos de singular belleza y «los rincones más íntimos con sus estrechas callejuelas pobladas de silencios y recuerdos» borrosos por la pátina del tiempo.
Fuente: UCCI/SEQC. Guía de Tegucigalpa. Madrid: Guías UCCI, 1992.


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