El asombroso Iztaccíhuatl









Iztaccíhuatl
El extinto volcán Iztaccíhuatl se alza en la sierra Nevada mexicana, a 70 km al sureste de la ciudad de México. Constituye la tercera mayor elevación del país. Su nombre le fue dado por los aztecas, que habitaron esta zona entre los siglos XIV y XVI, y presenta una forma que recuerda al cuerpo de una mujer, con tres eminencias que corresponderían a la cabeza, al pecho y a los pies.

Iztaccíhuatl (del náhuatl, 'mujer blanca' o 'mujer dormida'), montaña volcánica inactiva ubicada en el centro de México, cerca de la ciudad de México, en los límites de los estados de México y Puebla, y junto al volcán Popocatépetl. Tiene tres cumbres, de las que la central es la más alta (5.386 m); es además la tercera elevación del país y tiene una longitud de 7 km. Sus cimas están permanentemente cubiertas de nieve y no cuenta con cráteres; sus laderas están cubiertas por bosques de coníferas y otras variedades de árboles, y desde la ciudad de México la montaña parece una figura femenina recostada; por ello, Iztaccíhuatl es popularmente conocida como 'la mujer dormida'. El paso entre el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl fue la ruta a través de la cual las fuerzas españolas e indígenas al mando de Hernán Cortés llegaron en 1519 a la gran Tenochtitlán (actualmente la ciudad de México).


a U r t H�1 �21 parece por lo tanto fructuosa. Pero las células comienzan a morir. Si hubieran estado infectadas por el HTLV, tendrían por el contrario que multiplicarse indefinidamente y dar nacimiento a lo que se denomina un cultivo «inmortal». Debe por lo tanto tratarse de una variante de ese virus que infecta las células sin «inmortalizarlas». En todo caso, esos resultados son compatibles con el cuadro que entonces se tiene del virus: tenemos un retrovirus capaz de multiplicarse en las células de los ganglios linfáticos y quizá de matarlos a la larga. En esa fase, debemos intentar propagar el virus en otros linfocitos a fin de caracterizarlo y compararlo con el virus HTLV de Gallo. Informo a estos colegas clínicos de estos primeros resultados, pero con prudencia.
Si ese virus es un HTLV, debe desarrollarse en linfocitos T normales. Me pongo en comunicación por lo tanto con mi colega André Eyquem, que dirige entonces el centro de transfusión del Instituto Pasteur, para que me envíe una muestra de sangre fresca. Los linfocitos de un donante, un español de paso que se presenta ese mismo día, demuestran ser excelentes. Los mezclamos con lo que queda de los linfocitos de BRU. Al cabo de algunos días, el cultivo da sus frutos y el virus se propaga de nuevo. ¿Puede darse en todos los donantes de sangre? ¡No lo sabemos en absoluto! Por precaución, le ruego a André Eyquem que me siga proporcionando sangre de nuestro español. Pero éste ha regresado a su país y no hay manera de encontrarlo. Hacemos entonces algunas tentativas con linfocitos de otros donantes, procedentes en particular de recién nacidos. Pero el virus se multiplica sin transformar jamás las células. Anoto con cuidado todos nuestros resultados en un cuaderno rojo, el mismo del que me he servido desde 1977 en la investigación de retrovirus en cánceres humanos. En la página BRU escribo «al fin», al fin algo sólido.
¿Tiene este virus alguna relación con el HTLV? Para saberlo, necesitamos reactivos específicos de este último. No hay manera de encontrar a Robert Gallo por teléfono. Sólo queda una solución: escribirle y confiar la carta a Jacques Leibowitch que tiene que salir para el NIH a fin de reunirse con Gallo y discutir acerca de la hipótesis HTLV. En esa carta, llamo la atención de Gallo sobre el hecho de que hemos aislado un retrovirus en un enfermo que presenta un síndrome linfoproliferativo, pero no menciono el SIDA y le ruego que me envíe los reactivos del HTLV para poder comparar la serología de los dos virus. Esta práctica de intercambio es muy corriente en el ámbito de la investigación y el método resulta ideal a la hora de identificar un virus: sólo reacciona con el anticuerpo que le es específico. Si los reactivos del HTLV no dan ningún resultado, tendremos la seguridad de que nos enfrentamos con un nuevo virus. Gallo nos envía enseguida los reactivos solicitados, por un lado anticuerpos que reconocen específicamente ese virus y por otro células infectadas por el HTLV, que, al llegar en un estado lamentable, nos inducen al error. Efectivamente, Jean-Claude Chermann y sus colaboradores observan que el suero de BRU reconoce las células que producen en HTLV: por lo tanto parece que BRU ha estado en contacto con un virus de ese tipo. De hecho, esa reacción se debe solamente al mal estado de las células; no se producirá después en células en buen estado.
Por mi parte, obtengo un resultado muy distinto con una de mis fieles colaboradoras, Sophie Chamaret. Éste indica que el virus no tiene ninguna relación con el HTLV, porque su proteína interna no reacciona con los anticuerpos dirigidos contra la proteína interna p24 del HTLV. J.-C. Chermann y su colaboradora Marie-Thérèse Nugeyre obtienen un resultado idéntico utilizando una técnica diferente. Si las diferencias en lo que se refiere a las proteínas internas resultan tan importantes, eso indica que los virus son en sí muy diferentes. Todos los retrovirus tienen en efecto un árbol genealógico común que ha mostrado sus divergencias con el paso del tiempo. Algunos de sus constituyentes varían más que otros: es el caso en general de las envolturas. Por el contrario, las proteínas internas cambian mucho menos: en el seno de una misma familia de virus, poseen los mismos determinantes reconocidos por los anticuerpos contra el virus.
Nuestra excitación, a partir de ese momento, se intensifica. Va aumentando la sensación de que ese nuevo retrovirus podría ser el origen del SIDA. A enfermedad nueva, agente nuevo, pensamos. Pero queda mucho por hacer. En particular hay que ver el virus y demostrar que está asociado realmente con el SIDA aislándolo en distintos pacientes y detectando en ellos anticuerpos contra el virus.
Fuente: Montagnier, Luc. Sobre virus y hombres. La carrera contra el SIDA. Traducción de César Vidal Manzanares. Barcelona: Círculo de Lectores, 1995.




sábado, 19 de febrero de 2011

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