El increíble misterio del estallido del Maine


El estallido del Maine
El siguiente texto proviene del artículo aparecido en febrero de 1998 en el Anuario de Encarta.
España y EEUU aún discrepan sobre las causas del hundimiento del Maine.
Por Carlos García Santa Cecilia.
El acorazado norteamericano Maine estalló en el puerto de La Habana la noche del 15 de febrero de 1898 por causas aún no definitivamente aclaradas, provocando la muerte de 260 miembros de la tripulación. Este incidente precipitó la Guerra Hispano-estadounidense, que concluyó con la emancipación de Cuba, Filipinas y Puerto Rico respecto del dominio español y el nacimiento de Estados Unidos como potencia mundial.
Un siglo después del hundimiento del acorazado, España y Estados Unidos siguen manteniendo posturas opuestas sobre el origen del desastre. Mientras para España se debió a una “causa interna”, un informe del Centro Histórico Naval de EEUU, fechado el pasado 9 de febrero de 1998, afirma que todas las teorías están abiertas.
El Maine había llegado a La Habana el 25 de enero, oficialmente en visita “de paz y amistad”, pero su presencia en el puerto se debía a la petición del cónsul norteamericano, Fitzhugh Lee (sobrino del célebre general sudista Robert Edward Lee) que quería “garantizar” la seguridad de los norteamericanos en la isla. El clima de tensión entre los dos países, jaleado por la prensa amarilla que representaban fundamentalmente los periódicos de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, había aumentado desde comienzos de 1898, sobre todo después de que el 12 de enero un grupo de oficiales españoles asaltara el diario cubano El Reconcentrado, que había publicado un editorial en el que aludía a los excesos de los militares durante el mandato del capitán general Valeriano Weyler.
El secretario de Marina estadounidense, John Davis Long, eligió para la misión al Maine, un sólido acorazado anclado en cayo Hueso, a un día de navegación de La Habana. Botado en 1890 en el Arsenal de Nueva York, su artillería la componían cuatro cañones de diez pulgadas; seis, de seis pulgadas; ocho, de una, y muchas piezas más de tiro rápido. Tenía una autonomía de 7.000 millas, cargaba 800 toneladas de carbón y sus 9.200 caballos y ocho calderas le permitían un andar máximo de 15 nudos. Había sido reclasificado en 1895 como acorazado de segunda clase y estaba lejos de los cuatro barcos de primera clase con los que se había dotado recientemente la Armada norteamericana en su intento de equipararse con la alemana, nación que cabía imaginar como enemiga en un plan de expansión naval en el Pacífico. Pero sus 96 m de eslora y seis de calado, su casco acorazado, pintado de blanco y reluciente, y sus torres blindadas eran más que suficiente para medirse con los navíos españoles, cuya mejor baza en Cuba era el Alfonso XII, sólo apto para el desguace.
Al frente del navío, que contaba con una tripulación de 354 hombres, estaba el capitán Charles Dwight Sigsbee, un veterano de la batalla de Mobile (1865) de 52 años. Fue fondeado en la boya 4, entre el Alfonso XII y el elegante transatlático City of Washington, y el capitán cursó órdenes para que se doblara la guardia y para que ningún marinero bajara a tierra; lo harían sólo los oficiales y en grupo, lo que salvaría la vida de la mayoría.
El lugar de la explosión fue el búnker A-16, situado a babor, colindante con el polvorín de las granadas de 152 mm y muy cerca de las dependencias de la marinería, que en ese momento iniciaba su descanso. La explosión fue de tal calibre que el barco quedó hecho un amasijo de hierros y 252 hombres murieron de golpe. Muy pocos se salvaron, entre ellos el capitán Sigsbee, que en ese momento se encontraba en su camarote escribiendo una carta a su mujer, en la cual se mostraba optimista porque la misión que le había sido encomendada se venía desarrollando de modo “normal y tranquilo”. La cifra final de víctimas ascendió a 260 hombres: 230 marineros, 28 marines y dos oficiales.
Aunque la primera impresión en Cuba fue que la explosión se debió a un accidente fortuito, la prensa amarilla señaló ya el día 16 de febrero que el motivo fue una mina submarina “obra del enemigo” (The New York Journal). Fue el pretexto que necesitaban y utilizaron los intervencionistas para precipitar la guerra contra España. Las investigaciones sobre las causas del desastre se rodearon de total reserva por parte de Estados Unidos, que dificultó la labor de los expertos españoles y se negó a formar una comisión conjunta. La teoría de que una mina, esto es, una “causa externa”, hundió el Maine se impuso con el paso de las semanas, a pesar de que en principio muy pocos estadounidenses daban a esta versión más credibilidad que a otras noticias de los periódicos sensacionalistas. Para ello fue fundamental el testimonio del capitán Sigsbee, que aseguró que una gabarra dejó caer una mina al pasar junto al acorazado y luego la detonó mediante un cable eléctrico. La comisión española, que contó con la inspección de tres buzos, llegó a la conclusión de que la explosión fue debida a un accidente en el interior del barco (“causa interna”), pero de poco sirvió porque el presidente William McKinley aprobó el 20 de abril una propuesta del Congreso en la que se exigía la inmediata retirada española de Cuba. Las tropas norteamericanas desembarcaron meses después en la isla al grito de “¡Recordad el Maine!”.
Los restos del acorazado —un amasijo de hierros del que emergía una de las cofas blindadas— constituyeron durante años uno de los atractivos turísticos de La Habana. Presentaban, sin embargo, problemas para la navegación y había interés por recuperar los cadáveres que aún pudieran quedar dentro, por lo que en 1911, bajo la presidencia de William Howard Taft, se decidió reflotar el Maine. Una nueva comisión examinó los restos y reafirmó la teoría de la causa externa, aunque varió el lugar de la explosión. El palo mayor fue enviado al cementerio de Arlington (Washington), en el que descansan los héroes estadounidenses, y lo que quedaba del casco fue hundido en una profunda fosa de 800 m a cuatro millas de la bocana del puerto de La Habana. José Canalejas, entonces presidente del gobierno español, ni siquiera fue informado.
Aparentemente, el barco había bajado a su tumba definitiva, pero, en 1976, el almirante Hyman Rickover, jefe de la flota de submarinos nucleares estadounidense, elaboró un nuevo informe con los datos oficiales recabados tanto en 1898 como en 1911 —cuando se tomaron más de 500 fotografías y muchas personas pudieron examinar los restos reflotados— y llegó a la conclusión de que la causa de la explosión fue el calor producido por el fuego de una carbonera próxima al pañol de reserva. España obtenía así la razón, siquiera moral, en el conflicto y se ponía término a las muy diversas y a veces estrafalarias versiones de lo sucedido: desde que se trató de una expedicón de insurgentes cubanos financiada por Hearst hasta que un oficial descontento del Maine provocó la catástrofe.
Sin embargo, un siglo después del hundimiento del Maine, mientras para España el caso quedó cerrado en 1976, la postura oficial estadounidense señala que el estudio de Rikover no es más que una teoría que algunos autores discuten y que la causa de la explosión sigue siendo un misterio. La verdad sobre el incidente que justificó la guerra entre los dos países descansa en una profunda sima en el fondo del mar.
Carlos García Santa Cecilia es periodista y profesor en la Universidad San Pablo-CEU (España). Autor de media docena de libros, entre ellos La España del desastre, en colaboración con Javier Figuero, que reconstruye día a día los sucesos de 1898.


jueves, 10 de febrero de 2011

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